El frío de la madrugada danesa cortaba como el filo de una navaja, pero a Ryuusei Kisaragi no le importaba. El cielo aún era de un azul oscuro, casi negro, teñido apenas por los primeros indicios de un amanecer que parecía reacio a iluminar la devastación de la mansión Valmorth.
Hacía apenas una hora que el convoy médico había partido. Volkhov, Aiko, Ezekiel, Brad y el pequeño Sylvan se habían llevado el cuerpo ardiente y en coma de Charles Blake. Su destino era Canadá, un viaje desesperado hacia las montañas nevadas de Alberta para buscar la Base Genbu, esa gigantesca tortuga viviente respaldada por el Primer Ministro Sterling, cuya energía vital era la única esperanza para enfriar el núcleo nuclear en el que se había convertido el cuerpo del chico de 4ta GEN.
Ryuusei se había quedado atrás. Se había ofrecido como señuelo, como el pararrayos que atraería la furia de la Asociación de Héroes y del Clan Kurogane. Pero ahora, caminando en solitario por los jardines destrozados, el silencio le resultaba ensordecedor. No podía dormir. Cada vez que cerraba los ojos, no veía a los hermanos Valmorth cayendo, ni la sangre en sus manos. Veía a Eider.
La última vez que se habían cruzado fue ayer, en medio del caos infernal del coliseo. El recuerdo de esa discusión aún le quemaba el pecho como ácido. Él le había pedido que eligiera, que bajara el arma, que escuchara a su corazón. Pero Eider, con esa mirada dividida entre el deber y el amor, se había quedado allí, congelada, eligiendo el uniforme de la Asociación de Héroes por encima del hombre que tenía enfrente. Ella no disparó, pero su inacción, su decisión de quedarse en el bando que lo cazaba, había sido una respuesta más dolorosa que cualquier bala. Él tuvo que darse la vuelta y dejarla atrás, con el alma fracturada.
Ryuusei pateó una piedra carbonizada, soltando un suspiro que se convirtió en vaho en el aire helado. Estaba sumido en su propia miseria cuando un sonido irrumpió en la quietud de la noche. Era una melodía. Triste, suave, exquisitamente melancólica.
Ryuusei levantó la vista y siguió el sonido. Entre los muros derrumbados de lo que alguna vez fue el salón de baile de los Valmorth, iluminada únicamente por la luz pálida de la luna que se filtraba entre las nubes grises, estaba Hitomi Valmorth. La usuaria de la 6ta GEN sostenía un violín de madera oscura contra su clavícula. Sus ojos estaban cerrados, su cabello blanco ondeaba ligeramente con la brisa, y el arco se movía sobre las cuerdas con una gracia que contrastaba brutalmente con el paisaje de muerte que los rodeaba.}
Ryuusei se acercó en silencio, no queriendo romper la magia del momento. Se apoyó contra el marco de una puerta destrozada, cruzándose de brazos, y simplemente la escuchó hasta que la última nota se desvaneció en el aire frío.
Hitomi bajó el arco y abrió los ojos, notando su presencia al instante. —Es hermoso —dijo Ryuusei, dando un paso hacia adelante—. No sabía que tocabas.
Hitomi esbozó una sonrisa pequeña y cansada. —Mi madre insistía en que una Valmorth debía dominar las artes tanto como la guerra —respondió, bajando el violín—. Es una de las pocas cosas de mi crianza que realmente disfruto.
Ryuusei caminó hasta quedar a un par de metros de ella. Se frotó la nuca, sintiendo una repentina timidez que lo desarmó por completo. —Oye… —empezó, buscando aligerar el ambiente—. Creo que, con todo esto del fin del mundo, de las explosiones y de casi morir unas cinco veces… sigues debiéndome esa cita que me prometiste.
Hitomi parpadeó sorprendida y luego soltó una risa suave, un sonido cristalino que le dio un vuelco al corazón de Ryuusei. —Es cierto —dijo ella, mirándolo con una calidez que desentonaba con su temible reputación.
El silencio volvió a instalarse, pero esta vez era cómodo. Sin embargo, había una duda que carcomía a Ryuusei desde que terminó la batalla. Miró los escombros a su alrededor y luego la miró a los ojos. —Hitomi… ¿No sientes pena? Quiero decir… Constantine e Hiroshi. Eran tus hermanos. Murieron ayer de formas horribles. Yo… nosotros fuimos parte de eso. ¿De verdad no te duele?
Hitomi bajó la mirada hacia el violín en sus manos. Suspiró profundamente. —Es un sentimiento raro, Ryuusei. Muy raro. Sé que compartíamos sangre, sé que crecimos juntos en esta misma casa. Pero mi madre Laila nos crio para ser armas y rivales políticos, no una familia. Nunca hubo abrazos, solo evaluaciones de poder. Cuando pienso en que ya no están, siento un vacío extraño… pero no el dolor desgarrador que debería sentir. Simplemente no siento nada.
Ryuusei sintió una punzada de culpa. —Perdóname. Soy un idiota. No debí preguntar algo tan personal justo ahora.
—No te preocupes —lo interrumpió Hitomi, acortando la distancia hasta quedar frente a frente—. No me molesta que me preguntes a mí.
Ryuusei la miró, perdiéndose en la profundidad de sus ojos. —Hitomi… ¿por qué te fijaste en mí? Eres la mujer más fuerte de la familia que domina Dinamarca. Tienes todo a tus pies. ¿Por qué yo?
Hitomi lo miró en silencio durante unos segundos. Luego, con una sinceridad que le dolió hasta el alma, empezó a desnudar su corazón. Su voz temblaba, pero no se detuvo. Las palabras salieron como un río que llevaba años contenido.
—Porque mi vida entera fue una jaula de oro, Ryuusei…
—. Mi madre, Laila, era una fanática de la pureza. Nunca me dejaba acercarme a hombres que ella considerara "inferiores". Y si eran personas sin poderes, era peor, los trataba como insectos. Crecí escuchando que yo era una diosa entre mortales, pero me sentía increíblemente sola. No tenía amigos. Nadie se me acercaba porque mi apellido era sinónimo de terror. Nunca, en toda mi vida, supe lo que era que alguien me quisiera por quién soy y no por el poder que tengo.
Hitomi dio un paso más, quedando a centímetros de él.
—La razón por la que ocurrió todo este alboroto, la razón por la que este lugar está en ruinas... fue porque yo me escapé de casa. Lo hice para buscarte. Quería que me salvaras de mi propia familia, Ryuusei. Y mira lo que causé —los ojos de Hitomi se llenaron de lágrimas—. Eso trajo muchísimos más problemas. Mi mamá murió porque yo no estaba aquí para protegerla del estrés y de la división. Mis hermanos están muertos por la guerra que mi huida desencadenó. Soy la culpable de la caída de los Valmorth.
Y entonces apareciste tú.
Hitomi dio un paso más, hasta que sus cuerpos casi se rozaban. Sus ojos brillaban con lágrimas que aún no caían.
—Ryuusei Kisaragi… me encanta cómo te pasas la mano por el cabello cuando estás nervioso, como si quisieras esconderte del mundo. Me encanta esa mirada tranquila que pones cuando todos a tu alrededor gritan o pelean, como si fueras el único punto de calma en medio del caos. Me encanta que, incluso cuando estás herido y sangrando, sigas preocupándote por los demás antes que por ti mismo. Me encanta cómo me miras… como si yo fuera simplemente Hitomi, una chica que a pesar de todos sus problemas me aceptas tal cual como soy.
Una lágrima resbaló por la mejilla pálida de Hitomi, pero ella sonrió, mirándolo con una devoción absoluta.
Me encanta que seas amable aunque el mundo te haya enseñado a ser cruel. Me encanta que respetes a la gente sin importar su poder. Me encanta que, cuando hablas de tus errores, lo haces con esa voz rota… porque significa que todavía tienes conciencia, que todavía te duele. Me encanta cómo tiemblan tus manos cuando estás a punto de derrumbarte, pero igual sigues de pie. Me encanta que seas capaz de reírte de ti mismo en medio del infierno. Me encanta… todo de ti. Incluso las partes que tú odias.
Hitomi tomó sus manos temblorosas y las apretó contra su pecho, justo donde latía su corazón.
—Si me pidieras que te dijera diez cosas que odio de ti… yo podría decirte mil que amo. Y seguiría teniendo más.
Las palabras golpearon a Ryuusei como un mazo en el pecho. El pánico se apoderó de él. Sentía que estaba engañando a la persona más pura que le quedaba, que la estaba arrastrando a su propio infierno. Retrocedió un paso, negando con la cabeza frenéticamente.
—No, no, no... Hitomi, por favor, no sigas hablando así —Ryuusei alzó las manos, con la voz rota y desesperada—. No me conoces tan bien. Estás idealizando a un monstruo. ¡Yo he matado a personas, Hitomi! Soy una mala persona. Mis manos están manchadas de sangre que nunca voy a poder limpiar.
Ryuusei empezó a caminar en círculos, la ansiedad devorándolo mientras escupía sus pecados, intentando asustarla, intentando alejarla por su propio bien.
—¡Tengo un montón de enemigos! ¡Todo el mundo quiere mi cabeza! La Asociación de Héroes me caza, Aurion quiere aplastarme, el Clan Kurogane me quiere muerto. ¡Estoy metido en problemas legales con medio planeta! —Ryuusei se agarró el cabello, la respiración agitada—. ¡Rusia lleva meses enviándome cartas para que yo asuma la maldita presidencia y me involucre en su política militar! ¡Tengo una orden de captura para ir a una corte en Francia por crímenes internacionales que cometí en el pasado! ¡Soy un desastre andante! ¡No sabes nada de mí, Hitomi! ¡Solo traigo muerte y caos!
El eco de sus gritos se perdió en la neblina. Ryuusei esperaba que ella retrocediera, que viera al criminal asustado que realmente era y huyera de él.
—Sé todo lo que dices. Sé que has matado. Sé que tienes las manos manchadas. Sé que la Asociación de Héroes te caza, que Aurion quiere aplastarte, que el Clan Kurogane te quiere muerto. Sé que Rusia te escribe cartas para que seas presidente, que tienes una orden de captura en Francia, que estás metido en problemas legales con medio planeta. Sé que crees que solo traes muerte y caos.
Pero escúchame bien, Ryuusei…
Su voz se volvió más firme, más intensa, casi desesperada.
—Yo también soy culpable. Yo escapé. Yo traje la desgracia. Yo ordené que mataras a Hiroshi. Yo prácticamente maté a mi madre con mi ausencia. Soy tan pecadora como tú. Estamos en las mismas. Ambos estamos rotos. Ambos somos monstruos a ojos del mundo.
Y aun así… a mis ojos, tú eres el hombre más bueno y valiente que existe. Eres mi héroe. El único que me ha salvado de verdad. No de mis enemigos… sino de mí misma.
Hitomi levantó una mano y acarició su mejilla, secando la lágrima que él ni siquiera se había dado cuenta de que había caído.
—Imagina… si pudiéramos huir ahora. Si dejáramos todo esto atrás. Con lo que tú has acumulado y con la fortuna Valmorth que todavía me pertenece, podríamos desaparecer de verdad. Compraríamos una isla privada en el Pacífico o una mansión escondida entre los fiordos de Noruega, un lugar tan remoto que ni la Asociación de Héroes ni Aurion ni nadie pudiera encontrarnos jamás. No tendríamos que trabajar por necesidad, pero haríamos lo que nos diera la gana: tú podrías invertir en proyectos que te apasionen o construir lo que quisieras; yo tocaría el violín en conciertos privados solo para ti, o compondría música que nadie más escuchara.
Viajaríamos en jet privado cuando nos apeteciera —París por una noche, las Maldivas al día siguiente—, pero siempre volveríamos a nuestra casa. Una casa enorme, sí, pero nuestra: con salas inmensas, un estudio solo para mi violín y un dormitorio donde por fin podríamos dormir sin miedo. Cenaríamos juntos cada noche algo que cocináramos nosotros (aunque seamos un desastre en la cocina), hablaríamos hasta el amanecer de tonterías o de planes locos, nos reiríamos sin tener que bajar la voz. Tendríamos un jardín gigantesco donde plantaríamos flores cada primavera… aunque las contratáramos jardineros, igual las cuidaríamos nosotros porque queremos intentarlo juntos.
—Por favor... comparte tus problemas conmigo —le susurró Hitomi, su voz cargada de una firmeza inquebrantable—. Si tienes enemigos, los enfrentaremos. Si tienes cortes internacionales, huiremos o pelearemos. Si Rusia te quiere, les diremos que no. Si tú eres una mala persona, Ryuusei, entonces yo también lo soy.
Estamos en las mismas. —Hitomi se acerco hasta que sus frentes chocaran—. Pero a los ojos de Hitomi Valmorth, tú, Ryuusei Kisaragi, eres el hombre más bueno y valiente de este mundo. Eres mi héroe.
Ryuusei Kisaragi… te amo
Te amo desde cero. Desde el fondo de todo este infierno. Desde el primer momento en que me viste como a una persona y no como a un arma. Te amo con tus pecados, con tus enemigos, con tus órdenes de captura, con tus manos manchadas. Te amo rota y completa. Y voy a seguir amándote hasta que tú también puedas verte como yo te veo.
Y sin esperar una respuesta, Hitomi cerró la distancia y lo besó en la boca.
Fue un beso torpe al principio, impulsado por la desesperación y el anhelo reprimido de toda una vida. Ryuusei se quedó paralizado. Sus ojos se abrieron de par en par. No sabía qué hacer. Su mente, entrenada para la guerra de 5ta generación, se quedó en blanco.
Pero el calor de sus labios, la suavidad de su tacto, derrumbaron todas sus barreras. Ryuusei cerró los ojos y empezó a llorar. Lágrimas silenciosas de alivio, de culpa, de sentirse amado incondicionalmente por primera vez desde que todo este infierno comenzó. Hitomi también lloraba, sus lágrimas mezclándose en las mejillas de ambos bajo la luz de la luna.
Cuando se separaron, a ambos les faltaba el aire. Hitomi bajó la mirada, de repente avergonzada por su propio atrevimiento.
—Perdóname... —susurró Hitomi, con las mejillas encendidas—. Yo no debí...
Pero Ryuusei no la dejó terminar. Tomó su rostro con ambas manos y la besó otra vez. Esta vez con seguridad, con ternura, devolviéndole todo el sentimiento que ella le había entregado. Fue la confirmación de que sus almas destrozadas encajaban perfectamente la una con la otra.
Al separarse lentamente, Ryuusei apoyó su frente contra la de ella.
—Hitomi... ¿estás dispuesta a seguirme? —preguntó Ryuusei, con la voz ronca por el llanto—. Hacia donde sea. Hacia el fondo, si es necesario.
Hitomi sonrió, una sonrisa radiante que iluminó la oscuridad.
—Tengo toda una vida para seguirte, Ryuusei —respondió ella, acariciando su nuca—. Pero júrame algo. Si tienes problemas, si te duele algo, si tienes miedo... por favor, sé sincero conmigo. Y solo conmigo.
—Lo juro —susurró Ryuusei, sellando la promesa en medio del silencio del amanecer.
Pasaron unas horas. El sol de la mañana ya había disipado la neblina sobre los terrenos de los Valmorth. La actividad subterránea era frenética, pero organizada.
En la sala general más grande que había sobrevivido al colapso de la mansión, se había montado un escenario improvisado que dictaría el futuro de miles de personas. En el centro de la sala, elevado sobre una tarima de mármol rescatado, se encontraba John Valmorth. Estaba sentado en un amplio sillón de terciopelo carmesí que fungía como una especie de trono, irradiando la autoridad absoluta que acababa de conquistar con sangre.
El cuadro a su alrededor era tan imponente como perturbador. A la derecha de John, sentada rígidamente en una silla de menor altura, estaba Noelia Von Drachen. Su rostro era inescrutable, una máscara de mármol italiano, aceptando su rol con una frialdad política envidiable. A la izquierda de John, temblando de rabia contenida y con los ojos inyectados en sangre, estaba Kaori Kurogane. Ambas viudas, las esposas de los tiranos caídos, se exhibían como los trofeos vivientes del nuevo líder. Nadie en la sala podía tocarlas, hablarles ni mirarlas directamente a los ojos sin el permiso de John. Eran la garantía de supervivencia del nuevo régimen.
Frente al trono, la sala estaba abarrotada. Cientos de mestizos estaban de pie, en perfecta formación. Era un mar de diversidad genética que el Canon de los Cuatro había intentado suprimir. Había mestizos con el cabello blanco puro y negro azabache, usuarios con ojos verdes brillantes, rojos penetrantes y amarillos eléctricos. Todos, al unísono, hicieron una profunda reverencia hacia John cuando este levantó la mano.
—El orden ha sido restaurado —la voz de John resonó en la vasta sala, amplificada por la acústica de piedra—. Pero hoy no estamos aquí solo para celebrar la caída de los tiranos. Estamos aquí para honrar a quienes nos devolvieron el derecho a existir. ¡Que pase Ryuusei Kisaragi!
Las pesadas puertas dobles del fondo se abrieron. Ryuusei entró.
A diferencia del guerrero implacable que el mundo conocía, Ryuusei caminó con timidez, frotándose el brazo, un poco encorvado bajo el peso de tantas miradas. Sin embargo, apenas dio el primer paso, la sala entera estalló.
Los mestizos comenzaron a aplaudir. No fue un aplauso formal, fue una ovación atronadora, cargada de gratitud, lágrimas y gritos de júbilo. Algunos golpeaban el suelo, otros silbaban. Le estaban aplaudiendo al forastero que había destrozado sus cadenas.
Ryuusei llegó al pie de la tarima, asintiendo nerviosamente ante la multitud.
John se puso de pie, haciendo un gesto para exigir silencio. La sala enmudeció al instante.
—¡De ahora en adelante! —gritó John, asegurándose de que su voz llegara hasta el último rincón—. ¡Ryuusei Kisaragi será tratado y respetado por todo el linaje Valmorth como un hermano de sangre! ¡Como un familiar directo! Sé que muchos de ustedes sufrieron, pero sin él, sin su equipo y su sacrificio, todos los mestizos en esta sala estarían muertos bajo las botas de la Facción Central.
—¡ASESINO!
El grito desgarrador cortó el discurso de John.
Kaori Kurogane se había puesto de pie, saltando de su asiento a la izquierda de John. Con el rostro desfigurado por el odio y las lágrimas, señaló directamente a Ryuusei.
—¡Eres un maldito asesino! —le gritó Kaori a todo pulmón—. ¡Mataste a Hiroshi! ¡Destruiste mi vida!
Con un desprecio absoluto, Kaori escupió en el suelo de mármol, a escasos centímetros de los zapatos de Ryuusei.
—¡Aurion te va a cazar! —continuó gritando Kaori, perdiendo los estribos—. ¡El arma máxima de Japón te va a arrancar la cabeza y yo misma la voy a clavar en una estaca! ¡Monstruo!
La sala se tensó. Varios mestizos dieron un paso adelante, listos para abalanzarse sobre la viuda por insultar a su salvador, pero John levantó la mano, deteniéndolos en seco.
Ryuusei no se movió. No se defendió ni la miró con odio. Bajó la cabeza y aceptó el insulto en silencio. Sabía que Kaori tenía razón; por su culpa, esa mujer estaba viuda y destrozada. Se merecía ese odio.
De repente, una figura rápida y grácil subió a la tarima. Era Hitomi Valmorth.
Sin mediar palabra, Hitomi caminó directamente hacia Kaori. Levantó la mano y, con un movimiento seco y fulminante, le dio una cachetada que resonó como un látigo en toda la sala.
Kaori tropezó hacia atrás, cayendo de nuevo en su silla, llevándose la mano a la mejilla enrojecida, mirándola con puro estupor.
—Mantén la boca cerrada —siseó Hitomi, sus ojos brillando con la presión aplastante de la 6ta generación, haciendo que el aire alrededor de Kaori se volviera pesado—. Tienes que estar agradecida de respirar. Si no fuera por la misericordia de mi hermano John, los mestizos a los que Hiroshi torturó ya te habrían colgado de los portones de esta mansión. Eres una prisionera de honor, actúa como tal o perderás tus privilegios.
A la derecha del trono, Noelia Von Drachen observaba la escena en absoluto silencio. Sus ojos fríos se clavaron en Hitomi y luego en John. Ella, con su aguda inteligencia política, sabía que no podía hacer nada. Estaban completamente a merced de los nuevos reyes de las cenizas. Mantuvo los labios sellados, calculando su supervivencia.
John asintió hacia Hitomi, agradeciendo la intervención, y volvió a dirigirse a su pueblo.
—¡Esta es una nueva era para los Valmorth! —proclamó John—. ¡Se acabaron los sistemas de castas! ¡Desde la 1ra hasta la 6ta generación, todos tienen el mismo valor! Ya no habrá racismo entre nosotros. El "Código de los Híbridos" y la esclavitud de los mestizos quedan abolidos para siempre.
Los vítores volvieron a estallar, pero John levantó la mano una última vez para dar su edicto más importante. Se giró lentamente hacia Hitomi, quien estaba de pie junto a Ryuusei.
—Pero una familia necesita un futuro claro para no volver a matarse por el poder —dijo John, mirándola a los ojos—. Hitomi, escúchame bien. Yo reinaré sobre este caos y lo estabilizaré. Pero cuando yo fallezca, ya sea en batalla o a la edad de los setenta años... tú, Hitomi Valmorth, serás la nueva Matriarca y la líder suprema de toda nuestra familia.
Un murmullo de asombro recorrió la sala. Nombrar a la menor como sucesora absoluta era un acto sin precedentes.
—Tu descendencia será la línea legítima que gobernará a las futuras generaciones —continuó John, esbozando una sonrisa paternal—. Y te juro que, cuando yo tenga a mis futuros hijos, me encargaré personalmente de explicarles y enseñarles que su tía Hitomi es la única y legítima heredera al trono. Ellos te servirán a ti.
Hitomi abrió mucho los ojos, abrumada por el peso del mandato. Miró a los cientos de mestizos que esperaban su respuesta, luego miró a Ryuusei, quien le asintió dándole ánimos, y finalmente miró a John.
—Acepto, hermano —dijo Hitomi, con voz clara y firme, asumiendo su destino—. Pero... tengo una condición para el presente.
—Pide lo que quieras —respondió John, cruzándose de brazos con orgullo.
—¿Puedo irme con Ryuusei? —preguntó Hitomi, su tono volviéndose repentinamente más suave, casi infantil—. Quiero acompañarlo.
John soltó una carcajada genuina, un sonido que no se escuchaba en esa mansión desde hacía décadas. El alivio inundó su rostro.
—Por supuesto que sí, Hitomi. Ve. Vive tu vida. Descubre el mundo que nuestra madre te negó. El trono puede esperar unos años.
Hitomi sonrió ampliamente, pero luego pareció recordar algo mundano que la preocupaba. Se rascó la mejilla tímidamente.
—Ah... y otra cosa, John. ¿Podrías mandarle un comunicado oficial a mi colegio? —preguntó Hitomi con total seriedad—. Falté a los exámenes finales por todo esto de la fuga y la masacre... y realmente quiero que me envíen mi diploma de graduación por correo.
John parpadeó un par de veces antes de estallar en otra carcajada, esta vez mucho más fuerte, llevándose una mano al estómago. La tensión macabra de la sala se evaporó por completo, y varios mestizos también comenzaron a reír ante la surrealista petición de su futura reina, quien acaba de sobrevivir a una guerra de sangre y ahora estaba preocupada por su asistencia escolar.
—¡Sí, pequeña! —respondió John entre risas—. Te prometo que extorsionaré al director para que te envíen ese diploma con honores.
Mientras la sala entera se relajaba y el ambiente se llenaba de un optimismo que los Valmorth nunca habían conocido, Hitomi retrocedió un paso para quedar hombro a hombro con Ryuusei.
Aprovechando que todas las miradas estaban en John, Hitomi deslizó su mano discretamente y entrelazó sus dedos con los de Ryuusei. El chico sintió la suavidad de su agarre y, a pesar de estar rodeado de guerreros curtidos, no pudo evitar que un intenso rubor le subiera por las mejillas, apretando su mano a escondidas.
El mundo estaba en su contra, los clanes más poderosos los cazarían hasta el fin del mundo y los fantasmas del pasado aún los acechaban, pero en ese preciso instante, entre las ruinas de Dinamarca, Ryuusei Kisaragi por fin sentía que tenía un hogar.
