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Chapter 211 - Cenizas y Cadenas Invisibles

El amanecer no trajo consuelo a la mansión Valmorth, solo iluminó la magnitud de la masacre. La lluvia había cesado, dejando a su paso una neblina baja que se aferraba a los cráteres, a los escombros y a los cuerpos destrozados que alfombraban lo que alguna vez fueron los jardines más hermosos de Dinamarca. El olor a ozono, sangre seca y tierra quemada era tan espeso que se pegaba a la garganta con cada respiración.

John Valmorth se encontraba de pie, inmóvil como una estatua de mármol ensangrentado, frente a los restos carbonizados de su hermano mayor, Constantine. Su mano derecha, la misma que había arrancado el corazón del tirano de la 5ta GEN, colgaba a su costado, entumecida y manchada de un rojo oscuro que empezaba a secarse.

El silencio era sepulcral, apenas interrumpido por el goteo del agua cayendo de las cornisas rotas. John exhaló un suspiro tembloroso y, con una voz ronca que resonó en el cráter de cristal fundido, rompió la quietud.

—¡Bryan! —llamó John, sin apartar la vista del cadáver.

De entre los restos del ala este, un joven mestizo con la ropa rasgada y el rostro cubierto de hollín apareció corriendo a trompicones. Era Bryan, uno de los líderes de escuadrón de la rebelión que John había orquestado. El chico se detuvo a un par de metros, mirando con una mezcla de terror y reverencia absoluta al hombre que acababa de derrocar al líder supremo de la familia.

—Señor John... estamos asegurando el perímetro —informó Bryan, tragando saliva al ver el cuerpo de Constantine—. La guardia central se ha rendido o ha huido. La mansión es nuestra.

—Quiero que reúnas a un par de hombres fuertes —ordenó John, su tono carente de cualquier atisbo de victoria—. Recojan el cuerpo de mi hermano Constantine con cuidado. Y luego, vayan a las ruinas del coliseo y busquen los restos de Hiroshi. Envuelvan a ambos en lino limpio. Los prepararemos para un funeral digno. Fueron monstruos en vida, pero siguen siendo sangre Valmorth. No dejaremos que se pudran en el lodo como animales.

Bryan asintió, pero su rostro se contrajo en una mueca de preocupación. Se frotó la nuca, dudando antes de hablar.

—Señor... hacer lo de Constantine es posible, pero recuperar el cuerpo de su hermano Hiroshi será muy complicado. El coliseo... bueno, ya no existe un coliseo. El techo colapsó por completo tras las explosiones y la pelea del señor Ryuusei. El lugar es una montaña de miles de toneladas de piedra y acero. Tardaríamos días en escombros solo para llegar a la arena central.

John cerró los ojos por un segundo, sintiendo el peso de la corona de cenizas que acababa de heredar.

—Entiendo —dijo John, abriendo los ojos con determinación—. Hagan lo que puedan. Usen a los mestizos de 3ra GEN que controlen la tierra si es necesario, pero quiero que intenten recuperarlo.

Bryan asintió rápidamente, pero antes de retirarse, señaló hacia el otro lado del campo de batalla destrozado.

—Señor, hay otro problema... y es urgente. El chico de allá, el de la sudadera que derrumbó a Constantine...

John giró la cabeza bruscamente, recordando a Charles Blake. En medio del caos y el cierre emocional con su hermano, había dejado al chico inconsciente cerca del roble partido.

—Lleva desmayado desde hace casi media hora —continuó Bryan, con la voz temblorosa—. Algunos de nosotros intentamos acercarnos para cargarlo, pero... su cuerpo no deja de botar humo. Y está caliente, señor. Demasiado caliente.

El corazón de John dio un vuelco. Corrió hacia donde yacía Charles, con Bryan pisándole los talones. Al acercarse a dos metros del chico, John sintió una bofetada de calor seco, como si estuviera parado frente a la puerta abierta de un horno industrial.

Charles estaba tendido boca abajo en el barro endurecido. De su piel, de su ropa destrozada y de sus poros emanaba un humo blanco y constante. El suelo a su alrededor estaba completamente seco y agrietado; la humedad se había evaporado por completo.

John se arrodilló junto a él. Ignorando el calor irradiado, acercó su mano para comprobar sus signos vitales. En el instante en que las yemas de sus dedos rozaron la frente de Charles, un siseo escalofriante sonó en el aire.

—¡Maldición! —bramó John, apartando la mano instintivamente.

Las yemas de sus dedos estaban rojas y ampolladas. Había sufrido quemaduras de segundo grado con un simple roce. El cuerpo de Charles no estaba simplemente con fiebre; estaba actuando como un reactor nuclear que no podía apagar su núcleo. La energía de la 4ta GEN, empujada mucho más allá de sus límites fundamentales para destruir el agujero negro de Constantine, estaba literalmente cocinando al muchacho desde adentro.

—¡Llama a los médicos de inmediato! —le gritó John a Bryan, su voz cargada de una urgencia desesperada—. ¡Traigan camillas con aislamiento térmico, traigan hielo, traigan a cualquier mestizo que tenga habilidades curativas o criogénicas! ¡Muévanse, ahora, si no este chico morirá carbonizado desde sus propios huesos!

Mientras Bryan salía corriendo a buscar ayuda, gritando órdenes por un radio roto, John se quedó mirando a Charles. El chico que no quería estar ahí, el que odiaba pelear, se había sacrificado por todos ellos.

Minutos después, un equipo de emergencia improvisado logró subir a Charles a una camilla blindada y se lo llevaron a toda prisa hacia las bóvedas subterráneas que aún seguían intactas.

Con la adrenalina bajando, el agotamiento físico y mental golpeó a John como un yunque. Necesitaba caminar. Necesitaba asegurarse de que no quedaban más amenazas ocultas.

Comenzó a deambular por los restos de la propiedad de su familia. El paisaje era dantesco. Cuerpos de samuráis del Clan Kurogane mezclados con guardias de élite de la Facción Central yacían sin vida entre los escombros. Armas rotas, sangre manchando el césped perfecto, estatuas de sus antepasados decapitadas por las ondas expansivas. Era el fin de la dinastía.

Mientras caminaba por el ala oeste, una de las pocas áreas que no había sido pulverizada, John notó algo inusual. Entre los pasillos colapsados y las habitaciones destrozadas, había un pequeño cuarto de seguridad cuyas pesadas puertas de roble reforzado con titanio estaban completamente intactas. No había marcas de explosiones ni de cortes de espada en esa entrada.

John se acercó lentamente. Empujó la puerta doble con su hombro sano. Los goznes crujieron en la penumbra.

El interior era una sala de espera de emergencia, iluminada por luces rojas de batería. Y allí, sentadas en un elegante sofá de cuero que desentonaba con el fin del mundo que ocurría afuera, estaban ellas.

La señorita Noelia Von Drachen y Kaori Kurogane.

Las esposas de sus hermanos muertos. Las viudas de la tragedia.

Noelia mantenía la espalda recta, su elegancia italiana intacta a pesar de tener el dobladillo de su vestido de diseñador manchado de ceniza. Su rostro era una máscara de hielo calculador. A su lado, Kaori era la imagen del desespero absoluto; su shiromuku tradicional estaba arrugado, y sus ojos estaban rojos e hinchados de llorar hasta quedarse sin lágrimas.

Al ver a John entrar, cubierto de lodo y de la sangre de su propia familia, el aire en la habitación se volvió denso, casi irrespirable.

Noelia se puso de pie lentamente, cruzando las manos frente a ella para ocultar un ligero temblor.

—John... —dijo Noelia, su voz resonando en el cuarto cerrado con una frialdad que helaba la sangre—. ¿Dónde está mi esposo? ¿Dónde está Constantine?

John las miró a ambas. Vio el linaje temible de los Von Drachen en los ojos de una, y la furia ancestral de los samuráis en la otra. No bajó la mirada. No evadió la pregunta.

—Constantine está muerto —respondió John, su voz plana y carente de piedad—. Hiroshi también.

El impacto de las palabras fue físico. Kaori soltó un alarido desgarrador, un sonido que no parecía humano, y se lanzó hacia adelante. Noelia, perdiendo toda su compostura aristocrática, la siguió un segundo después.

Las dos mujeres se abalanzaron sobre John. Kaori empezó a golpearlo en el pecho con los puños cerrados, arañando su ropa, mientras Noelia le propinaba bofetadas llenas de furia y desesperación en el rostro.

—¡Asesino! ¡Monstruo! —gritaba Kaori, su voz quebrándose con cada golpe. —¡Bastardo traidor! —siseaba Noelia, golpeándolo con una fuerza inusitada—. ¡Mataste a tu propia sangre!

John no levantó las manos para defenderse. Se quedó allí, firme como un pilar, aceptando cada golpe, cada rasguño y cada insulto. Era su penitencia. Dejó que las viudas desahogaran su agonía sobre su cuerpo ya maltrecho. Sintió el sabor a cobre en su boca cuando un anillo de Noelia le cortó el labio, pero no se inmutó.

Pasaron un par de minutos de agresiones frenéticas hasta que las fuerzas de ambas mujeres comenzaron a fallar. Kaori cayó de rodillas frente a él, sollozando incontrolablemente contra sus piernas, mientras Noelia retrocedía, respirando agitadamente, con el cabello alborotado y el odio ardiendo en sus pupilas.

John se limpió el hilo de sangre que le corría por la barbilla. Las miró con una calma sepulcral que las aterrorizó más que cualquier arrebato de ira.

—Ya basta —dijo John, con un tono bajo pero que vibró con la autoridad de un nuevo rey. Las calmó con la simple densidad de su presencia.

—Escúchenme bien las dos —continuó, dando un paso hacia adelante para dominar el espacio—. A partir de este momento, ustedes son mis prisioneras. Dentro de unos días, cuando logremos estabilizar este caos, organizaré un funeral para que puedan despedirse de sus esposos con el honor que exigen sus apellidos. Pero hasta entonces, no saldrán de mi vista.

Kaori levantó la cabeza bruscamente. Sus ojos reflejaban una locura nacida del dolor. Empezó a maldecirlo e insultarlo en japonés acelerado, deseándole las peores muertes a él y a toda su descendencia.

—¡Me voy de este infierno! —le gritó Kaori en español, poniéndose de pie de un salto, empujando a John a un lado con la intención de salir por la puerta hacia las ruinas.

John no dudó. En un movimiento tan rápido que sus ojos apenas pudieron registrar, John recogió del suelo una katana abandonada por algún samurái caído. El acero silbó en el aire.

¡Clack!

La hoja de la katana se detuvo a un milímetro del cuello pálido de Kaori, rozando su piel. La viuda se quedó congelada, con la respiración contenida, sintiendo el frío del metal contra su yugular. Noelia dio un grito ahogado y dio un paso atrás.

John la miró a los ojos, su mirada oscurecida por la letalidad de la 5ta generación.

—Nadie va a escapar —sentenció John, su voz cortando el aire como la misma espada—. Afuera hay cientos de mestizos que perdieron familias enteras por culpa de Constantine e Hiroshi. Si salen por esa puerta sin mi protección, las harán pedazos antes de que lleguen a los portones. Se van a quedar conmigo hasta que yo lo decida. Y si intentan traicionarme o contactar a sus clanes para enviar asesinos, el castigo será absoluto: me aseguraré de que todos sus descendientes, desde Italia hasta Japón, sirvan como esclavos a la nueva familia Valmorth por el resto de la eternidad.

Kaori tragó saliva, sus ojos muy abiertos por el terror. Noelia apretó los puños, entendiendo que habían perdido la partida.

John bajó la katana lentamente y la envainó. Su expresión se suavizó ligeramente, volviendo a ser el hombre sensato que alguna vez fue.

—Pero escuchen esto también —añadió John, dando un paso atrás para darles espacio—. Mientras estén bajo mi custodia, las trataré con el máximo respeto. Nadie les levantará la mano. Nadie las humillará. Y yo no las voy a tocar. Tendrán comodidades y seguridad, pero su libertad me pertenece. ¿Ha quedado claro?

Ninguna de las dos respondió, pero el silencio sumiso fue confirmación suficiente. Eran sus prisioneras de honor. El botín de guerra más peligroso del mundo.

Pasaron unas horas. El sol de la mañana ya brillaba alto, exponiendo las cicatrices de la tierra.

John caminaba por los pasillos subterráneos de la mansión, el único lugar que funcionaba como base de operaciones para los sobrevivientes. Había cambiado su ropa destrozada por una camisa negra limpia y un pantalón táctico, aunque sus vendajes aún eran visibles.

Al doblar una esquina, se encontró de frente con Ryuusei Kisaragi y Hitomi Valmorth.

Ryuusei lucía completamente diferente al moribundo que había estado en el coliseo. Su regeneración lo había curado casi por completo, y aunque su ropa estaba andrajosa, su postura era la de un líder invicto. Hitomi, a su lado, proyectaba el aura intimidante de la 6ta generación, aunque sus ojos mostraban un cansancio profundo.

—¡John! —exclamó Ryuusei, acortando la distancia—. Me dijeron que la superficie está asegurada.

—Lo está —confirmó John con un asentimiento—. Misuri y Michael estarían horrorizados, pero la facción central ya no existe, Ryuusei. Ganamos.

—¿Y Charles? —preguntó Ryuusei de inmediato, la preocupación eclipsando cualquier sentido de victoria—. ¿Cuál es su estado? Me dijeron que peleó contra Constantine.

El rostro de John se ensombreció.

—Está en la sala de heridos graves, en el nivel inferior —respondió John—. Te llevaré con él.

Ryuusei no esperó y comenzó a caminar rápidamente, obligando a John y a Hitomi a seguirle el paso.

Durante el trayecto por los pasillos improvisados, el equipo empezó a cruzarse con otros miembros. A lo lejos, vieron a Volkhov. El gigante ruso estaba sentado en unas cajas de munición, bañado literalmente en sangre enemiga de pies a cabeza, limpiando calmadamente sus cañones de mano. A su lado, Sylvan todavía mantenía su forma de árbol monstruoso, sus ramas cubiertas de espinas goteando un líquido oscuro.

Al ver pasar a Ryuusei, Volkhov levantó uno de sus cañones en un saludo silencioso y le sonrió, una sonrisa macabra y sangrienta, pero llena de lealtad. Sylvan, con un crujido de madera antigua, inclinó su inmensa cabeza en señal de respeto hacia su líder. Habían sobrevivido al infierno juntos.

Finalmente, llegaron a la improvisada sala médica. El ambiente era sofocante, húmedo y olía a alcohol y a carne quemada.

En el centro de la habitación, sobre una cama rodeada de ventiladores industriales y recipientes de nitrógeno líquido, estaba Charles Blake. Su piel tenía un tono rojizo poco natural, y las sábanas a su alrededor estaban húmedas por el sudor que se evaporaba al instante.

Al escuchar los pasos, Charles abrió los ojos lentamente. Sus pupilas, que antes brillaban con poder celestial, ahora lucían apagadas y cansadas.

—Ryuusei... —susurró Charles. Su voz era apenas un hilo rasposo, como si tuviera arena en la garganta—. Hola, jefe...

Ryuusei se acercó a la cama, apoyando las manos en la baranda de metal.

—Charles... por todos los cielos, mírame —dijo Ryuusei, con la voz cargada de culpa—. ¿Cómo te sientes?

—Me duele... hasta el pelo que no tengo —intentó bromear Charles, haciendo una mueca de dolor al mover la mandíbula—. Pero, oye... ¿viste eso? El señor John... él venció a su hermano Constantine. Nos salvó el trasero a todos.

John, que estaba parado detrás de Ryuusei, dio un paso adelante y lo detuvo con un gesto suave pero firme.

—No, Charles —lo interrumpió John, mirándolo a los ojos con un respeto absoluto—. Yo solo le di el golpe de gracia a un hombre que ya estaba muerto. Tú hiciste todo el trabajo. Tú enfrentaste la gravedad absoluta de la 5ta GEN y la desintegraste. Tú venciste a Constantine. Te mereces todo el crédito de esta victoria, muchacho.

Charles parpadeó, incrédulo, una débil sonrisa asomándose en sus labios agrietados.

—Vaya... supongo que... soy un empleado del mes —murmuró Charles.

—Eres más que eso —dijo John. Se giró hacia una mesa cercana y tomó una pesada bolsa especial de lona reforzada—. Y por eso, quiero darte un regalo.

John abrió la bolsa y sacó su contenido con cuidado. Era un arma imponente y brutal: un mayal de armas. El mango era de acero oscuro y resistente, y de él colgaba una gruesa cadena que sostenía una esfera de metal macizo cubierta de púas afiladas. El arma parecía irradiar una energía pesada, diseñada para destruir armaduras y huesos con un solo impacto, perfecta para canalizar la fuerza expansiva de Charles.

—Perteneció a un general de la segunda generación de nuestra familia —explicó John, colocando el pesado mayal a los pies de la cama de Charles—. Úsalo para asegurarte de que nadie vuelva a subestimarte.

Charles miró la bola de púas con los ojos muy abiertos. Levantó una mano temblorosa, queriendo agradecer el gesto monumental del líder Valmorth.

—Gracias... señor John... es... hermoso... y aterrador... —logró articular Charles.

Pero el esfuerzo fue demasiado. Sus ojos se pusieron en blanco, su mano cayó pesadamente sobre el colchón, y el chico se desmayó de nuevo, su cuerpo soltando una nueva y preocupante ola de vapor caliente.

—¡Charles! —gritó Ryuusei, acercándose.

El médico principal, un hombre mayor con bata manchada que había estado monitoreando los equipos, se acercó apresuradamente, apartando a Ryuusei. Revisó los monitores y soltó un suspiro derrotado.

—No hay nada más que podamos hacer aquí, señor Kisaragi —dijo el doctor, secándose el sudor de la frente—. No hay solución médica convencional. Su fiebre no baja ni un solo grado. Sus células están en un estado de sobreexcitación cinética. Literalmente, se está quemando por dentro. Si no recibe un tratamiento hiperbárico y de estabilización mística de grado superior, sus órganos colapsarán en menos de 48 horas.

Ryuusei apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Habían ganado la guerra, pero estaban a punto de perder a uno de los suyos.

Se giró hacia la puerta. Su mente táctica, entrenada para lidiar con el desastre, tomó el control.

—¡Volkhov! ¡Aiko! ¡Ezekiel! ¡Brad! —Ryuusei gritó hacia el pasillo, su voz resonando con una autoridad inquebrantable.

En cuestión de segundos, los miembros principales del equipo aparecieron en el marco de la puerta. Sylvan, que ya había vuelto a su forma de niño pequeño con hojas en el cabello, entró corriendo y se agarró de la pierna de Hitomi, mirando con tristeza a Charles.

Ryuusei los miró a todos, evaluando a su equipo destrozado pero victorioso.

—Escúchenme bien —ordenó Ryuusei—. Preparen un transporte blindado con aislamiento médico de inmediato. Sylvan, mantén su temperatura lo más baja que puedas con tus esporas relajantes. Volkhov, tú estás a cargo de la seguridad del convoy. Aiko y Ezekiel, abrirán paso si nos topamos con la Asociación de Héroes.

—¿A dónde vamos, jefe? —preguntó Brad, sus ojos ámbar brillando con determinación.

—A Canadá —respondió Ryuusei, con una mirada fría y calculadora—. Van a llevar el cuerpo de Charles directamente hacia la Base Genbu. Partirán mañana a primera hora, en la madrugada, antes de que los satélites de la Asociación nos fijen como objetivo. Es un caso muy grave, no tenemos margen de error.

Hitomi lo miró, notando algo en su tono.

—¿"Van a llevar"? —preguntó ella—. ¿Tú no vienes con nosotros en el convoy?

Ryuusei miró a Hitomi, luego a John, y finalmente a la pesada bolsa que contenía el mayal de Charles.

—Yo iré después —dijo Ryuusei, acomodándose la máscara del Yin y Yang que colgaba de su cuello—. Aún tengo asuntos que resolver en Dinamarca. Alguien tiene que asegurarse de que Himari, Noelia y la Asociación de Héroes sigan mi rastro, y no el del convoy médico. Además... dejé que un agente se escapara en el coliseo.

El equipo asintió en silencio, comprendiendo el peso de la decisión. La huida había comenzado. El mundo de la alta sociedad metahumana estaba roto, y ahora, los criminales más buscados del planeta se preparaban para desaparecer en la nieve del norte.

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