Capítulo 14
La mañana de mi cumpleaños empezó como cualquier otra… o al menos, eso intentaron hacerme creer.
Lyne me despertó con el desayuno ya listo y una sonrisa más amplia de lo habitual.
—Hoy tienes que terminar de comer rápido, joven amo. Hay tareas que atender —dijo, dejando la bandeja sobre mi escritorio.
—¿Tareas? ¿En mi cumpleaños? —arqueé una ceja.
—Precisamente —respondió, como si eso tuviera sentido.
Antes de que pudiera quejarme, Mela apareció en la puerta, con su habitual postura rígida.
—Tu padre quiere que hagas un repaso de lo aprendido sobre combate básico. Cinco minutos en el patio.
La miré fijamente.
—¿No puedes darme el día libre?
—No —contestó, y se dio media vuelta.
Suspiré, pero obedecí. Era inútil discutir con Mela cuando se ponía así.
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Después de una breve sesión en la que apenas me hizo moverme más que para calentar, me indicó que volviera al salón principal. Max me acompañaba, caminando junto a mí con esa actitud de “yo sé algo que tú no sabes”.
Cuando abrí la puerta del salón, lo primero que vi fue a Max con un pequeño rollo de pergamino en la boca. Me lo entregó, y en letras grandes decía: Mira detrás de ti.
Me giré… y el mundo explotó en un ¡Sorpresa! ensordecedor.
La sala estaba adornada con banderines de colores, una mesa repleta de comida y arreglos florales que llenaban el aire de aroma fresco. Incluso habían colgado un par de telas decoradas con símbolos que recordaban a la familia, aunque más festivos.
—¿Todo esto…? —pregunté, todavía procesando la escena.
—Todo esto es para ti —respondió mi madre, acercándose con una sonrisa genuina.
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Los invitados
No era una celebración gigantesca, pero sí más concurrida de lo que esperaba.
Vi a varios soldados que conocía, charlando mientras probaban la comida. Algunos comentaban que “ni en fiestas nobles habían visto preparaciones tan bien presentadas”.
En un rincón estaba el señor de la ciudad, un hombre de porte tranquilo y voz grave, hablando con mi madre como si se conocieran de toda la vida. A su lado, sus dos hijos: un niño de unos doce años, serio y de mirada evaluadora, y una niña de ocho con expresión curiosa que no paraba de observar a Max.
—Feliz cumpleaños, joven Alerion —dijo el señor de la ciudad, estrechando mi mano—. Tu madre habla mucho de ti.
—Espero que cosas buenas —respondí, lo que provocó una leve risa en la niña.
También estaban hijos de soldados y comerciantes conocidos de la familia, todos con sonrisas sinceras y ropa sencilla pero bien cuidada. El ambiente era cálido, con música ligera y el sonido constante de platos y vasos.
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Regalos
Después de un rato, alguien anunció que era hora de los regalos. Me senté en un sillón, y los invitados comenzaron a acercarse uno por uno.
Recibí ropa nueva, dulces, pequeños artefactos mágicos de adorno, y varios libros. Max, por supuesto, decidió que algunos regalos eran suyos: olfateó una caja, se la llevó con cuidado hacia una esquina y la defendió con una mirada que no dejaba dudas.
—Max… devuélvelo —dije, pero él solo parpadeó lentamente, como si ignorarme fuera su derecho.
Mi madre se acercó entonces con un paquete largo, envuelto en tela fina.
—De mí para ti. —Al desenvolverlo, vi un conjunto de espadas de buena calidad, ligeras pero resistentes.
—Pronto empezarás tu entrenamiento con ellas —añadió—. Y quiero que aprendas a usarlas bien.
Mi padre fue el siguiente. Traía una caja robusta que colocó frente a mí. Dentro había cuatro libros, cada uno con una cubierta distinta y títulos claros: Magia Avanzada de Fuego, Viento, Tierra y Agua.
—Con esto podrás empezar a estudiar el siguiente nivel —dijo, con una media sonrisa—. Pero no esperes que te sea fácil.
—Nunca lo espero —respondí, y él soltó una leve risa.
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La fiesta continuó con juegos para los niños y conversaciones animadas entre los adultos. Algunos soldados me contaban anécdotas de mis padres, siempre resaltando sus logros y lo mucho que los respetaban.
La niña del señor de la ciudad se acercó a acariciar a Max, que sorprendentemente aceptó la atención sin apartarse. El hijo mayor, en cambio, se mantuvo más reservado, aunque lo vi observando los libros de magia que me había regalado mi padre.
Por un momento, todo fue simple: risas, música y comida que desaparecía de las bandejas más rápido de lo que las criadas podían reponer.
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Capítulo 14
La fiesta seguía a pleno. Los niños corrían de un lado a otro persiguiéndose, los adultos charlaban en grupos y el olor a carne asada se mezclaba con el de dulces recién horneados.
Yo estaba observando cómo Max, con toda la calma del mundo, robaba una de las galletas glaseadas de la mesa cuando sentí una mano firme en mi hombro. Era mi padre.
—Ven, hay alguien que quiere felicitarte.
Lo seguí sin hacer preguntas. Atravesamos el pasillo trasero y salimos al patio, donde el bullicio de la fiesta quedaba amortiguado por las paredes.
Allí, junto al portón, había un grupo de seis personas. Vestían capas oscuras y llevaban el rostro parcialmente cubierto, pero incluso así se notaban los rasgos característicos de la raza demoníaca: cuernos pequeños, piel con matices no humanos, ojos de colores intensos.
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—Estos son viejos amigos míos —dijo mi padre, con un tono que me dejó claro que “amigos” tenía un significado flexible aquí—. No podían presentarse ante tu madre, así que pensé que lo haríamos de esta forma.
Los seis se movieron con una coordinación que no era casualidad. Había un aire de veteranos en ellos, gente que sabía cómo entrar y salir de lugares sin dejar huella.
El primero en adelantarse fue un hombre alto, de piel grisácea y ojos dorados como el metal fundido. Me tendió una mano fuerte, áspera.
—Feliz cumpleaños, hijo de Zakhal. Tu padre hablaba de ti mucho antes de que nacieras. —Su mirada fue directa, pesada, como si midiera cada gesto mío.
Detrás de él, otro más bajo, con un solo cuerno roto y una sonrisa torcida, me escaneó de pies a cabeza.
—Tienes la misma mirada que él cuando cree que está a punto de conseguir algo importante… aunque espero que tú tengas más sentido común.
Max, desde mi hombro, los observaba en silencio. Sus seis ojos se movían, evaluando a cada uno de ellos como si clasificara amenazas. Su cola, sin embargo, se movía lentamente, lo que en su lenguaje corporal significaba “atento, pero sin hostilidad… aún”.
Entonces, una mujer del grupo, alta, con cabello oscuro trenzado y un parche que cubría un ojo, se acercó un paso más. El ojo descubierto brillaba con un matiz carmesí inusual, y al fijarse en mí, noté un cosquilleo extraño en mi nuca.
—Vaya… ojos dignos del linaje de Zakhal —comentó con una voz grave—. Pero… no solo por la sangre. —Su tono implicaba que sabía más de lo que decía, pero no profundizó. Simplemente me observó un segundo más y se apartó.
El de cuerno roto soltó una carcajada.
—Lo que todavía me pregunto es cómo demonios este hombre logró domar a la loca de Aelinne.
El grupo entero rió, y yo no pude evitar sonreír.
—Fácil —respondió mi padre, con la confianza más exagerada que le había visto nunca—. Yo tengo el mando en esta relación.
Las carcajadas se redoblaron, y la mujer del parche añadió:
—Sí, claro… el mismo “mando” que tiene un marinero agarrado al mástil en medio de una tormenta.
—Bah, exageran —dijo Zakhal, aunque su sonrisa lo traicionaba.
Yo me llevé la mano a la frente, intentando no reírme demasiado. Sabía perfectamente que, en esa casa, mi madre tenía más control del que mi padre jamás admitiría frente a terceros.
Max emitió un leve sonido, como si estuviera de acuerdo con ellos.
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La mujer del grupo, con cabello blanco y ojos rojos como rubíes, sacó un pequeño cofre de madera y se lo entregó a mi padre.
—Lo que pediste, Zakhal. No fue fácil, y no todos estaban dispuestos a soltarlo, pero… aquí está.
Mi padre lo abrió lo suficiente para que yo viera el interior: varios pergaminos enrollados, cada uno marcado con sellos distintos y antiguos.
—Magia avanzada de luz, sanación, desintoxicación y barrera —dijo él en voz baja—. No han podido encontrar aún la de invocación, pero siguen buscando.
Uno de los demoníacos se inclinó un poco hacia mí.
—Cuida bien de esto. Son conocimientos por los que algunos matarían… y han matado.
No era una advertencia hueca. Lo sentí en su voz, en la forma en que todos miraban alrededor aunque estuviéramos en un lugar seguro.
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—No vamos a quedarnos mucho —dijo el de piel gris—. Nuestra presencia aquí ya es arriesgada.
Antes de marcharse, cada uno me dio una felicitación breve. No eran personas que se detuvieran en sentimentalismos, pero se notaba que el respeto hacia mi padre se extendía a mí por asociación.
Max los siguió con la mirada hasta que desaparecieron por la puerta lateral.
—¿Qué le dirás a mamá? —pregunté mientras mi padre guardaba el cofre.
—Que recibiste un regalo… y que no pregunte mucho —respondió con media sonrisa—. Es mejor para todos.
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Cuando volvimos, la música había subido de volumen y el salón estaba más animado que antes. Los niños seguían jugando, algunos adultos ya tenían las mejillas enrojecidas por el vino, y Lyne corría de un lado a otro intentando mantener la mesa surtida.
Mela me vio entrar y arqueó una ceja, como si supiera que había pasado algo, pero no dijo nada.
Mi madre se acercó para preguntarme si había disfrutado de la “sorpresa” que me había preparado mi padre. Yo solo sonreí y asentí.
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Más tarde, ya de noche, cuando la casa se fue quedando en silencio, me encontré en mi habitación con Max dormido a mis pies y el cofre guardado bajo llave en mi escritorio.
Sabía que esos pergaminos eran algo más que simples regalos. Eran la llave a un nuevo nivel de poder… y también una responsabilidad que no podía tomar a la ligera.
Apagué la lámpara y me quedé mirando el techo.
Un cumpleaños tranquilo, sí… pero también el inicio de una nueva etapa.
