La risa burlona de Albedo se cortó en seco cuando el aire del helipuerto cambió. No fue un ataque de energía, ni un golpe físico. Fue un olor. Un aroma dulzón, espeso y repugnante a feromonas concentradas y tabaco rancio que inundó sus sentidos, ignorando sus resistencias pasivas de no-muertos y demonios.
Valentino se quitó las gafas rojas lentamente, revelando unos ojos que eran pozos de depravación absoluta.
"Habláis demasiado para ser tan... frágiles" susurró el Overlord del Deseo.
De su abrigo de piel emergió una densa niebla roja que envolvió a las dos Guardianas. Albedo y Shalltear intentaron disiparla con un movimiento de sus manos, pero sus extremidades se sentían pesadas, como si estuvieran sumergidas en alquitrán. El rango XII de Valentino aplastó el Rango XVI de las Guardianas con una presión psíquica abrumadora.
—"¿Creéis que las cadenas de un fantasma os protegen de mí?" —la voz de Valentino resonó dentro de sus cabezas, no en sus oídos.
La Visión de la Profanación
De repente, el helipuerto desapareció. Albedo ya no estaba de pie con su armadura completa; se vio a sí misma desnuda, encadenada a una cama mugrienta en un estudio oscuro. Su cuerpo, perfecto e intocable, estaba siendo desgarrado por docenas de sombras sin rostro. Sentía el dolor físico, la humillación de ser tocada, mordida y usada como un objeto desechable. Gritó llamando a Ainz, pero de su boca solo salió humo rojo.
A su lado, Shalltear vivía su propio infierno. La orgullosa Vampira Verdadera se vio reducida a una muñeca rota, sus extremidades torcidas en ángulos imposibles mientras figuras grotescas se burlaban de su linaje y violentaban su cuerpo regenerado una y otra vez. No había gloria, no había batalla; solo una violación interminable y una risa cruel que le decía que no era más que carne para el entretenimiento.
La realidad del Rango XII se impuso: sus mentes, aunque fuertes, no estaban preparadas para la maldad concentrada de un Overlord que se alimentaba de la desesperación de millones. En el mundo real, ambas Guardianas cayeron de rodillas, jadeando, con los ojos desorbitados y temblando de puro terror.
El Peso de la Deuda
"Patéticas" escupió Vox, preparando un rayo de energía para acabar con ellas mientras estaban vulnerables. "Acábalas, Val".
Pero Albedo, a través de la neblina de horror y lágrimas de rabia, aferró los pergaminos con una fuerza desesperada. Su orgullo estaba hecho trizas, pero su lealtad a la misión era absoluta.
"¡N-No... somos... vuestras... putas!" gritó Albedo, canalizando su maná restante en los documentos.
Con un estallido de luz violeta, los Contratos de Alma se activaron.
El efecto fue inmediato y brutal. Cadenas espectrales, gruesas como vigas de acero y cargadas con la autoridad absoluta de Marcus, brotaron del suelo y se enroscaron alrededor de los cuellos de Vox, Valentino y Velvette.
"¡Ghhhk!" Valentino se llevó las manos a la garganta, sintiendo cómo su alma era estrujada. La niebla roja se disipó al instante cuando su concentración se rompió por el dolor asfixiante.
Los tres Overlords cayeron de rodillas, forzados por el peso de una deuda antigua que no podía ser ignorada. Frente a ellos, Albedo y Shalltear, pálidas, sudorosas y con la respiración entrecortada, se ponían de pie tambaleándose.
El Duelo de Miradas
El silencio en la torre era sepulcral, solo roto por los jadeos de ambos bandos. No había ganadores claros. Los V estaban sometidos físicamente por los contratos, pero las Guardianas estaban psicológicamente violadas, conscientes por primera vez de que, sin esos papeles, habrían sido destruidas.
Albedo se limpió un hilo de sangre de la comisura de sus labios, su mirada dorada clavada en los ojos inyectados en sangre de Valentino.
"Parece..." dijo Albedo, con la voz ronca y carente de su habitual arrogancia "que ambos tenemos la capacidad de destruir al otro".
Valentino, con la cadena apretando su tráquea, sonrió con una mueca de dolor y odio.
"Esos papeles... no durarán para siempre, perra de Nazarick".
Shalltear, apoyándose pesadamente en su sombrilla para no caer, escupió al suelo. El terror de la visión aún latía en su piel, pero su instinto de supervivencia tomó el control.
"No necesitan durar para siempre" respondió la vampira. "Solo lo suficiente para que entendáis que el precio de matarnos es vuestra propia extinción".
La Tregua del Miedo
Albedo levantó la mano, y las cadenas se aflojaron ligeramente, permitiendo a los V respirar, pero sin soltarlos.
"Hablemos de negocios" dijo Albedo, su tono ahora frío y pragmático, muy lejos de la burla anterior. "Tenéis el poder, lo admito. Pero nosotras tenemos los materiales que necesitáis para mantener ese poder".
Señaló con un gesto tembloroso los cofres de Uranio Celestial y Escarlatita.
—"Aceptad nuestra oferta. Usad los materiales. Tomad las Pociones. Y a cambio... nosotras no apretaremos estas cadenas hasta que vuestras cabezas se separen de vuestros cuerpos".
Vox miró a sus compañeros, calculando las probabilidades. La humillación ardía, pero la lógica dictaba que la supervivencia era prioritaria. Nazarick había demostrado que, aunque débiles en rango, tenían los medios desafiar a seres por encima de su categoria.
"Está bien..." gruñó Vox, poniéndose de pie mientras masajeaba su cuello magullado. "Traed vuestra chatarra divina. Pero que quede claro: esto no es una alianza. Es un alto el fuego comprado con sangre y metal".
Albedo asintió, ocultando el temblor de sus manos tras su espalda. Habían sobrevivido, pero el mensaje estaba claro: en el Infierno de los V, Nazarick no era el depredador alfa.
Las cadenas espectrales de Marcus se aflojaron, volviéndose translúcidas pero permaneciendo alrededor de los cuellos de los V como una advertencia constante. El aire en el helipuerto se enfrió, pasando del terror psíquico a la frialdad calculadora de una sala de juntas.
Albedo se alisó el vestido, recuperando su compostura de Supervisora. Ya no había burla en su voz, solo la seriedad de quien viene a cerrar un trato multimillonario.
"Ahora que hemos establecido que nuestras almas están... entrelazadas" comenzó Albedo, cruzando los brazos, "hablemos de beneficios. Nazarick no necesita vuestra caridad, necesita vuestra infraestructura. Y vosotros necesitáis lo que solo nosotros poseemos".
La Oferta de Carne y Alquimia
Shalltear chasqueó los dedos y las Novias Vampíricas dieron un paso al frente. A diferencia de los demonios súcubos comunes del anillo, estas criaturas poseían una belleza gótica y etérea, con una gran resistencia física.
"Valentino" dijo Shalltear, señalando a sus subordinadas. "Buscas estrellas para tus estudios, ¿verdad? Mis novias no se cansan con facilidad, no se rompen y su obediencia es absoluta. Son perfectas para tus producciones de alto nivel y para los clubes más exclusivos".
Valentino se ajustó las gafas, relamiéndose mientras inspeccionaba la "mercancía".
"Son... exquisitas" admitió el Overlord, su mente ya calculando los millones que generaría. "Pero la belleza no lo es todo. Necesito rendimiento".
Shalltear sonrió y sacó una de las Pociones de Evento (San Valentín).
"Para eso tenemos esto. En Nazarick las llamamos 'cosméticas', pero aquí... funcionan como un estimulante emocional y físico perfecto. Una sola gota y tus actores, o clientes, perderán la razón en un éxtasis controlado sin los efectos secundarios de tus drogas baratas".
Al mismo tiempo, señaló las Pociones de Salud.
"Y si alguno de tus 'juguetes' se rompe durante el rodaje, esto los repara al instante. Sin tiempos de inactividad. Producción continua".
La Demanda Tecnológica y la Cláusula de Seguridad
Albedo dio un paso adelante, interponiéndose entre Valentino y las vampiras.
"Pero no te confundas. No te las estamos vendiendo. Las estamos alquilando".
Albedo desplegó un nuevo documento, uno redactado por ella misma con términos draconianos.
—"Nazarick exige el 30% de regalías sobre cualquier video, transmisión o evento en vivo donde aparezcan nuestras Novias o se usen nuestras pociones. Además, queremos créditos de producción".
Los V gruñeron, pero antes de que pudieran protestar, Albedo se giró hacia Vox y Velvette.
—"A cambio de los materiales, el Uranio Celestial y la Escarlatita que necesitáis para mantener vuestra supremacía técnica y estética, Nazarick requiere una actualización completa".
"Queremos terminales de comunicación, servidores, y esos dispositivos... 'teléfonos inteligentes' de última generación para todos los habitantes de la Tumba" exigió Albedo. "Pero con una condición innegociable".
Albedo se acercó a la pantalla de Vox, sus ojos dorados brillando con amenaza.
"Sabemos que tu negocio es la información, Vox. Pero los equipos que nos entregues deben estar limpios. Sin puertas traseras. Sin software de espionaje. Sin micrófonos ocultos ni geolocalizadores pasivos. Si detectamos un solo bit de datos saliendo de Nazarick hacia tus servidores sin permiso, el contrato de alma de Marcus lo interpretará como un ataque directo".
Vox parpadeó, ofendido por la insinuación, pero aterrado por la consecuencia. Su plan habitual de regalar tecnología para espiar a sus aliados acababa de ser neutralizado.
"Es... irregular" dijo Vox con voz metálica, "pero aceptable. Recibiréis hardware virgen. Sin conexión a la red VoxTek a menos que vosotros lo activéis manualmente".
Justo cuando Albedo extendía la pluma para que los V firmaran el contrato de intercambio, Valentino levantó una de sus cuatro manos, deteniendo el gesto con una sonrisa perezosa pero afilada. El humo rojo que exhalaba formó un corazón roto en el aire.
"Un momento, dulzura" ronroneó Valentino, ajustándose las gafas mientras miraba el frasco de líquido rojo que brillaba sobre la mesa. "Vuestras palabras sobre 'milagros médicos' suenan muy bonitas, y las cadenas de Marcus son... convincentes. Pero yo soy un hombre de negocios visuales. No compro lo que no veo funcionar".
Albedo arqueó una ceja, visiblemente molesta por la interrupción, pero mantuvo su postura profesional.
"¿Dudas de la calidad de Nazarick?"
"Dudo de todo lo que no sangre o gima, cariño" respondió él.
Con un chasquido de dedos seco, Valentino ordenó a sus guardias personales.
"¡Traed al 'voluntario' de la celda 4! El que intentó robar cámaras la semana pasada".
Segundos después, dos demonios tiburón arrastraron a la sala a un pecador tembloroso, un demonio lagarto que ya mostraba signos de palizas anteriores. Lo arrojaron al centro del helipuerto, a los pies de las Guardianas y los Overlords.
Valentino sacó su pistola dorada personalizada con una lentitud teatral. Sin dejar de mirar a Shalltear a los ojos, apuntó al prisionero.
"Decís que esta... 'Sangre de Dios' cura al contacto y sin necesidad de beberla. En mis estudios, el tiempo es dinero. Si una de mis 'estrellas' se rompe, necesito que vuelva a grabar en segundos, no en días".
¡BANG!
El disparo resonó en la torre. El prisionero aulló de dolor mientras se agarraba la rodilla izquierda, que había quedado completamente destrozada por la bala de alto calibre. La sangre negra manchaba el suelo inmaculado del helipuerto.
"Ups. Se rompió" dijo Valentino con fingida inocencia, soplando el humo del cañón de su arma. "Veamos si vuestro producto es tan bueno como vuestra arrogancia. Arregladlo. Ahora".
Shalltear suspiró, mirando al pecador retorciéndose con una mezcla de aburrimiento y desdén.
"Qué desperdicio de un ítem de YGGDRASIL en una criatura tan inferior... pero si eso es lo que hace falta para callar tu boca, que así sea".
La Vampira Verdadera se acercó, destapó el frasco de la Poción Roja y, sin ninguna delicadeza, dejó caer unas pocas gotas sobre la rodilla destrozada.
La reacción fue visceral. No hubo el brillo suave de la magia sagrada, sino una reconstrucción agresiva y rápida. El sonido de huesos triturados volviendo a encajar y carne tejiéndose a velocidad acelerada llenó el silencio. En menos de tres segundos, la herida se cerró, la piel quedó lisa y el prisionero dejó de gritar, mirando su pierna intacta con incredulidad.
Valentino se inclinó hacia adelante, sus ojos ocultos tras las gafas rojas abriéndose con genuina sorpresa. Se acercó y tocó la pierna del prisionero, comprobando que no era una ilusión.
"Sin cicatrices... y la recuperación de estamina parece inmediata" murmuró Valentino, notando que el prisionero ya no jadeaba de dolor—. "Esto... esto cambiará toda la industria. Podremos rodar escenas extremas sin parar. 24 horas al día. Sin bajas. Sin descansos médicos".
Se levantó, con una sonrisa de codicia absoluta pintada en el rostro.
"Vox, Velvette... firmanos. Quiero cajas de esto en mis estudios para esta noche".
Albedo sonrió con satisfacción fría, volviendo a extender el contrato.
"Me alegra ver que entiendes el valor de nuestro producto. Recuerda: 30% de regalías y ni un solo intento de replicar la fórmula, o las cadenas volverán a apretarse".
Con la demostración de crueldad y eficacia concluida, los V estamparon sus firmas digitales y mágicas en los documentos. El trato estaba sellado.
