Cherreads

Chapter 37 - Segunda Temporada: Inicio del Festival Deportivo. Parte 1

[Punto de Vista: Tercera Persona] 

El pasillo de mármol pulido de la U.A. reflejaba un ocaso apagado, dorado y viejo como la voz de la anciana que caminaba a su lado. Recovery Girl avanzaba a su ritmo —ni rápido ni lento, solo firme—, mientras Hades arrastraba una pierna detrás de la otra con la ayuda del bastón ortopédico que le habían entregado esa mañana. Un bastón médico común, sin personalidad, sin historia... sin identidad. Muy distinto a su vieja espada de hueso.

—¿Ves? —murmuró ella sin mirarlo, mientras el bastón golpeaba el suelo con regularidad—. Esto es mucho más cómodo que tu estúpida espada de troglodita. 

Hades gruñó, cansado. El bastón se le hacía ligero en la mano, cómodo... incluso útil. Pero no podía soportar lo que representaba: dependencia, vulnerabilidad, limitación.

—No me gusta —musitó entre dientes, apretando su agarre en el mango del bastón.

—No pedí tu opinión —replicó la anciana con una sonrisa sarcástica—. Lo que importa es que no te matas cada tres pasos como un cervatillo recién parido.

El silencio selló sus labios, alargando los segundos que pasaban entre ellos. Solo el eco de sus pasos en la academia vacía les recordaba que aún estaban caminando. El atardecer empezaba a teñir los vitrales altos del edificio principal con tonos rojizos, proyectando sombras alargadas como garras.

—¿Y tu mochila? —preguntó ella de pronto, rompiendo el momento—. Dijiste que querías ir a tu aula... pero, estoy segura que no llevas nada contigo.

Hades se detuvo lentamente, sus pasos se ahogaron al son de su corazón. El mundo pareció detenerse con él.

—Mi mochila... —musitó—. No me la trajeron, yo... —tragó un nudo en su garganta, suspirando entre palabras—, no sé porque voy allá.

Recovery Girl chasqueó la lengua y luego preguntó, casi con pereza:

—¿Quieres volver a la casa de la chica Akemi? ¿O prefieres quedarte por aquí, al menos hasta que te estabilices del todo?

La pregunta... no parecía importante. Y, sin embargo, el aire se volvió denso. Casi imposible de respirar. La mención de Akemi se quedó suspendida como una aguja invisible, clavándose lentamente en la nuca de Hades. Él no dio ni un solo paso atrás, pero... su mirada sí, su mente retrocedió a ese día. A esa sala. A esas palabras de dulce veneno que se vertían directamente en sus oídos y se arrastraban en su conciencia.

"Eres mío... solo mío... Solo yo puedo asegurar que existas. Solo yo puedo sostener tu alma. Solo yo... puedo ser tu dueña."

"Eres solo una pieza. Una reina desechable, solo una pieza más que usaré para armar mí futuro."

Una parte de él deseaba volver. Correr, aunque fuera a rastras, hacia ella. Aunque fuese solo para recibir una palabra amable, un roce fingido, una falsa caricia. Pero otra parte —más nueva, más débil, pero rabiosa— lo detuvo.

Y entonces, sin pensar, sus ojos cambiaron de color.

—No... no quiero volver —dijo Haruto, apretando la mandíbula y cerrando los ojos.

La anciana se giró con una ceja levantada, pero no lo interrumpió. Sabía reconocer cuándo el alma de un joven temblaba lo suficiente como para necesitar decir algo, aunque no supiera qué.

Haruto trató de respirar hondo, pero se entrecortó en un bufido tal como si el aire doliera con el más efímero contacto con su nariz.

—No... —se volteó, mirando directamente a la anciana a los ojos, tomando el valor que le faltaba—, hoy no...

 Recovery Girl suspiró, y caminó a su lado en silencio por unos segundos.

—Mañana tendrán un día completo de entrenamiento —dijo finalmente, frunciendo sus arrugas—. All Might traerá héroes profesionales para observarlos. La idea es que puedan formar sinergias reales para sus futuras pasantías. Claro... no todos estarán en equipo —hizo una pausa, hablandando su ceño, y bajando su voz—. Según tengo entendido... tú estarás solo.

Hades —quien había vuelto a tomar el control— bajó la mirada. Tragó saliva con dificultad. Un sabor metálico, distinto a su propia sangre subía por su garganta, cargada de duda, rabia y rencor suprimido.

—Yo... no asistiré.

—Tú decides —respondió ella. Pero su tono se volvió seco, no complaciente—. Aunque si me preguntas, será mejor que vengas. Aun si estás solo, el entrenamiento servirá. Y si vas a arrastrarte hasta la cima... empieza a gatear desde ahora.

Hades no respondió. Solo siguió caminando.

Las sombras del pasillo se alargaban. No quedaban alumnos a la vista. Solo ellos dos: la vieja heroína y el muchacho roto que aún se negaba a quedarse en el suelo.

—...Está bien —susurró—. Yo... me las arreglaré solo.

La anciana sonrió apenas. Le acarició el hombro con dos dedos huesudos, con esa ternura propia de quien ha visto morir demasiados jóvenes como para desperdiciar uno más.

—Entonces, volvamos. Hoy solo repasaremos un poco más de medicina. Lo básico. Algo sobre la dermis. Nada complicado, lo prometo —dijo con una media sonrisa—. Si te me distraes otra vez, te pego.

Hades asintió lentamente, y juntos, caminaron hacia la enfermería, ambos cojeando ligeramente mientras un bastón los apoyaban, pero más firmes que antes.

[Mientras tanto...]

La luz mortecina del despacho apenas alcanzaba a iluminar los bordes del escritorio, pero los monitores frente a Aizawa brillaban con nitidez cruel. En la pantalla izquierda, mostraba una llamada en curso con su jefe. En cambio... la pantalla derecha, mostraba la lista oficial de los equipos para el entrenamiento conjunto desfilaba línea por línea, firmada y aprobada por All Might. Una pestaña al costado, destacada en rojo, mostraba un nombre en solitario: Hades – Entrenamiento en solitario. 

Aizawa no habló. Su silueta, apenas inclinada hacia el monitor, parecía congelada en un eterno ceño fruncido, solo capturado por la pantalla en la que se reflejaba Nezu sentado sobre su butaca reforzada con cuero, vertía con esmero el contenido de una tetera de porcelana blanca en una diminuta taza.

—Estuve estudiando esto una y otra vez... —murmuró finalmente Aizawa, sin despegar la vista de la pantalla a su derecha—. ¿Pero, de verdad aprobarás que Hades esté fuera del grupo? Aislado del resto —gruñó, volviendo su mirada hacia Nezu—, ¿y la excusa es que está "más desarrollado"?

Nezu cruzó las patas, sosteniendo la taza con una sola mano.

—La señorita Akemi presentó una propuesta... sólida. Técnica, detallada. Difícil de refutar. Argumentando que, por seguridad, Hades debe entrenar separado. 

Aizawa entrecerró los ojos.

—Akemi tiene tanta fuerza que si no calcula bien, se rompe los huesos. Bakugo explota. Todoroki congela a punto cero, Kaminari es literalmente una batería con patas. Y aun así... ellos tienen equipo asignado.

Nezu ladeó la cabeza, su sonrisa apenas curvada.

—Una observación perspicaz, como siempre.

El silencio se instaló entre ambos, solo roto por el débil silbido del vapor que aún salía del té.

—¿Y tú? —preguntó Aizawa sin rodeos, con ese tono seco que usaba cuando ya tenía la respuesta—. ¿Realmente crees que es lo correcto dejarlo fuera?

Nezu apoyó la taza en su platillo con un tintineo suave.

—No creo que dejarlo fuera sea lo ideal. Pero tampoco creo que obligarlo a encajar en una dinámica manipulada por ella le haga bien... siendo lo que hizo, nada más que una jugada digna de elogios.

Aizawa giró lentamente hacia la pantalla derecha. El brillo del monitor delineaba el ceño en su frente.

—Entonces sabes que esto no es sobre compatibilidad. Es una artimaña para mantenerlo bajo control.

—Precisamente —asintió Nezu, antes de darle un sorbo a su taza de té—. Y por eso, le estoy dando libertad.

—¿Libertad? ¿Encerrarlo en una sala de entrenamiento con la excusa de que es "especial"?

—Es oportunidad, Shota. Oportunidad sin interferencias. Para él... y para nosotros —sacudió lentamente su taza, empañando ligeramente el lente de su cámara—. Mañana lo enviaré a una de nuestras salas de prueba selladas, las que usábamos para medir la potencia de los golpes de All Might. 

Aizawa inspiró lentamente.

—Si es así, entonces el lunes me encargaré. Después de tanto tiempo en cama, sus sentidos de pelea deben estar atrofiados.

Nezu sonrió por primera vez en la conversación. Fue una sonrisa tenue, pero genuina.

—No esperaba menos de ti.

El silencio se instaló de nuevo. En la pantalla, el nombre de Hades seguía brillando con el subtexto claro: "Entrenamiento en solitario". 

—¿No la estás castigando entonces? —preguntó Aizawa, casi en voz baja.

—No —replicó Nezu—. Estoy posicionándola.

—¿Para qué?

El director se levantó de la silla con un pequeño salto. Caminó sobre la mesa hasta el borde del monitor, su figura diminuta contrastando con la inmensidad de las decisiones que tomaba.

—Para ver si alguien moldeado como arma... puede aprender a afilarse con voluntad propia. Y también... —agregó con la mirada clavada en el rostro de Hades en una de las cámaras de seguridad—, para descubrir si la arquitecta de esta jugada termina revelando más de sí misma de lo que planeaba.

Aizawa no respondió. Pero sus ojos se endurecieron. Ya estaba leyendo entre líneas. Sabía a qué se refería.

—Por cierto —interrumpió Nezu, ya caminando hacia la salida con su taza entre las patas—. Endeavor vendrá aceptó venir mañana para el entrenamiento de los retoños.

—¿De verdad? Creí que...

—Lo hace solo por su hija. Ya que esa chica necesita recordar que todo depende del uso que se le de a un arma para definirla. 

La llamada se cerró con un suave clic, dejando a Aizawa solo con las pantallas. El nombre de Hades seguía allí, resplandeciente. El único sin equipo. Aislado del resto.

—Espero que esto sea lo mejor...

[Al día siguiente...]

El silencio de la enfermería era espeso, como si el aire aún cargara los gritos de los conejos muertos.

—Hades... —susurró la anciana.

Nada.

—Hades —repitió Recovery Girl, esta vez posando dos dedos sobre su cuello, como si tomara el pulso de un cadáver.

El cuerpo reaccionó antes que la mente: una respiración agitada, una contracción involuntaria en los dedos, un leve quejido escapándose por la nariz. Hades no despertaba: volvía. Como si su conciencia hubiese estado sumergida en alquitrán.

De pronto, su espalda se arqueó de golpe. Jadeó y abrió los ojos.

Su abdomen se contrajo, sentándose de imprevisto, al punto de que la anciana tuvo que dar un paso hacia atrás de la impresión. Pero, Hades no quedó impune, el estaba temblando. Sus manos se deslizaron hacia sus rodillas, como si eso le anclase a la realidad.

—¿Te desperté? —preguntó ella, arreglándose la bata y sus lentes.

—No lo sé... —murmuró él, frotando sus ojos con cansancio—. No creo que eso cuente como dormir.

—Entonces te servirá moverte. Hoy vamos a entrenar en una sala especial, cortesía de Nezu.

Él no respondió de inmediato, solo miró a una esquina sin decir palabra alguna, pero la anciana continuó 

—Una de las que usábamos con All Might. Tan fuerte que si te quedas atrapado, no saldrás nunca.

Hades alzó la vista. El reflejo de las luces se quebraba en sus pupilas rojizas.

—¿También es a prueba de un dios?

—No lo sé —respondió ella, alzando la ceja—. Pero como no hay ninguno, no hay excusas, así que deja de ver una esquina como si fueras un mocoso castigado, no hay tiempo que perder.

Hades suspiró, y resignado, bajó de la cama para seguir a la anciana que decidió no esperar y estaba por abrir la puerta. 

Llegaron sin decir palabra hasta la sala que Nezu había asignado. Era extrañamente aséptica, insonorizada, sin ventanas ni relojes. Solo luces blancas inmutables en el techo y un zumbido mecánico constante que reptaba por los muros, como si arrastrara algo que respiraba. Recovery Girl, con su bastón y tablet, solo siguió caminando, ajena a la expresión de sorpresa del muchacho que la seguía desde atrás.

—Esta sala fue usada en su día para medir el nivel de potencia de los golpes del sonrisas —dijo sin levantar la mirada de sus apuntes—. A prueba de explosiones, presión. O para tontos con quirks sin control, como tú.

Hades no respondió. Solo caminó hasta el centro de la sala, donde lo esperaba un conjunto de jaulas. En cada una, un conejo blanco, perfectamente sano. Excepto por una línea roja a lo largo del lomo, una herida hecha con precisión quirúrgica bajo anestesia local.

—Oh... así que ya viste a tus nuevos compañeros... —proclamó, girándose hacia el muchacho—. Tendrás solo a treinta por hoy —anunció ella, mientras señalaba con su bastón hacia las jaulas—. Uno por uno. Vas a curarlos con todo lo que te enseñé ayer.

Hades tragó saliva. La imagen aún le ardía detrás de los párpados, como si los ojos se negaran a olvidar la masa informe de carne y hueso en que se había convertido el último conejo que había tratado de curar.

—Empecemos con tu primer intento... —agregó, mientras encendía una grabadora que estaba en su chaleco.

Hades respiró profundamente, mientras se acercaba a la jaula más cercana, y, con cuidado, estiró su mano hacia el pobre conejo que comenzó a temblar bajo sus dedos. Sus ojos rojos brillaban como brasas mientras la palma de Hades irradiaba el aura verde enfermiza de su don. En cuestión de segundos la herida del animal se cerró, pero... mal. 

La piel se estiró como plástico derretido, se recosió sobre sí misma formando un bulto amorfo. El conejo chilló antes de convulsionar y morir entre espasmos con costillas sobresaliendo de su pecho y cuello.

Hades solo frunció el ceño. Un leve zumbido vibró en su nuca. Por otro lado, la anciana solo anotó con rojo en su portapeles y anunciaba que fue un fracaso.

...

—Tercer intento.

El brillo verde volvió a manar. Esta vez, la herida se cerró de golpe, pero el tejido se endureció y se alzó sobre la columna como un hueso fuera de lugar. El conejo murió sin hacer ruido, como si su sistema nervioso hubiese colapsado.

Hades apretó sus puños, su rostro, salpicado de sangre ajena, estaba contraído por una rabia muda. No hacia ella, ni hacia los conejos... sino hacia sí mismo. Por no poder curar. Por no saber si alguna vez podría

...

—Décimo intento... —anunció la anciana, suspirando por ver a tantos conejos muertos—. Estás forzando el tejido, Hades. No entiendes la diferencia entre regenerar y mutar —dijo, sin levantar la vista de su tablet—. Cada vez que activas tu quirk... no sanas, reescribes.

El sudor empezaba a perlar la frente de Hades, su pecho subía y bajaba en un ritmo acelerado, mientras sus dedos goteaban sangre ajena a la suya, una molestia empezaba a nacer en su espalda, pero aun no se detendría.

—Lo intento... —jadeó, mientras se acercaba a otra jaula.

....

—Decimoquinto intento...

El conejo chilló tan fuerte que hizo eco. Su piel se abrió en múltiples direcciones, brotaron fibras, y entre ellas: huesos, erráticos, extraños, como si algo tratara de nacer de su espalda... murió al instante.

—Cinco más —ordenó la anciana—. Luego descansarás.

Hades se tambaleó hacia delante, sus manos temblaban. Pero no era por miedo... era por un dolor que no podía ubicar. Como una lanza que le rozaba los omóplatos desde dentro.

—Vigésimo intento.

Cuando el conejo murió en silencio, el dolor explotó desde su espalda.

—¡Tch! —Hades cayó de rodillas, tratando de alcanzar su espalda con ambas manos—. ¡Maldita sea!

Recovery Girl frunció el ceño, se acercó y, sin pedir permiso, le subió la camiseta.

—No tienes nada —dijo, confundida, mientras sus arrugas se fruncían al unísono.

—Lo siento... Lo siento ahí... —señaló justo en el centro de su columna. Un ardor abrasador se retorcía en espiral, como si una cuchilla invisible lo estuviese marcando.

La anciana retrocedió, lo observó... y esperó.

—Vigésimo primer intento... —murmuró, sin apartar su vista de la espalda.

El siguiente conejo murió igual. Pero esta vez, justo cuando el alma del animal parecía disolverse, un destello carmesí apareció en la espalda de Hades. Una línea, como un cordón de carne viva, surgió, se expandió... y desapareció.

—Dios santo... —susurró ella, arreglando sus lentes.

—Qué... ¿qué demonios viste?

—Es peor de lo que pensaba...

—¿Qué rayos significa eso...? —habló entre jadeos—. ¡Por qué demonios me duele tanto!

—Tú... estás absorbiendo la carga biológica. Como si tu quirk... se conectara a la herida para absorberla y reflejarla en tí.

—Eso...

—Cada cosa que cures... se reflejará en ti y lo sentirás.

Hades bajó la mirada. El sudor recorría su frente, las piernas le temblaban, sus manos se sentían pegajosas, pero sus ojos aún ardían de determinación.

—Solo dime... cuántos me faltan.

—Nueve.

El silencio llenó la sala. Un silencio insoportable, mientras Hades se reincorporaba sobre sus propias piernas.

—Últimos nueve —sentenció, preparando su grabadora.

El muchacho avanzó hacia la jaula siguiente. Cada paso dolía. Pero no tanto como el fracaso.

Pero la carne no canta. Grita. Cada fibra es un aullido. Y él los escucha todos, siendo que cada muerte era un clavo invisible. Cada espasmo del animal, un golpe en su espalda. Para el número veintisiete, Hades ya gritaba sin ruido, sus dientes se apretaban entre sí, su garganta ardía, su torso estaba empapado por sangre y sudor. Sus ojos estaban tan rojos que parecía sangrar por las pupilas.

Recovery Girl lo sostuvo del hombro por primera vez en todo el día y lo apretó para llamar su atención.

—No más por hoy.

—Aún puedo...

—No —interrumpió—. A este paso vas a desmayarte.

—¿Qué?

Ella no respondió. Solo lo dejó caer sobre una camilla metálica.

—Descansa.

—Maldición...

Así acabó el domingo. En una sala sin ventanas. Con el aire pesado de la muerte flotando como una sábana invisible. Y con Hades, temblando, rodeado de cuerpos pequeños y rotos... mientras una línea invisible palpitaba una y otra vez en su espalda.

Como si la carne... tuviese memoria.

[Horas después...]

El cuerpo de Hades no cayó dormido en su cama después del baño. Se apagó como si alguien hubiese desconectado su alma del peso de su conciencia. Se desplomó en la camilla metálica, con los ojos abiertos apenas unos segundos más, respirando como si el oxígeno doliera, hasta que la inercia del agotamiento lo consumió por completo.

Recovery Girl lo observó desde su silla, sin compasión, pero tampoco con frialdad. Solo con esa mirada ajada de quien ha visto a demasiados jóvenes destruirse antes de tiempo.

—Hasta aquí llegó tu resistencia... —susurró, ajustando su tablet—. Así que, el B-resonance también aumentó tu resistencia...

Le lanzó una última mirada antes de marcharse. Sobre la mesita de acero, junto a un vendaje limpio, dejó una lata metálica con la etiqueta aún helada. Y una hoja doblada en cuatro.

Entonces apagó las luces. La enfermería quedó en penumbra, y Hades... cruzó hacia su nueva realidad. Y cuándo soñó... El solo caminó, sus pasos resonaron como ecos sobre mármol ennegrecido por la penumbra. Los cuadros no se revelaron uno por uno entre las paredes. Haruto empezó a caminar detrás suyo, en un silencio tan pegajoso, que los hundió entre los recuadros.

Sus pasos se alargaron cada vez más, mientras más caminaban. Sus miradas estaban perdidas hacia el abismo delante de sus propias narices, pero algo tan blanco como la nieve les robó la atención.

Allí, de entre una de las paredes, un nuevo cuadro empezó a emerger, y poco a poco, empezaban a nacer lindas bolas de nieve con pupilas rojas. 

Sus pasos se ralentizaron con pesar y duda naciendo desde lo más profundo de sus cuerpos. Al llegar, ambos se detuvieron frente al recuadro, sus miradas perdidas al principio, se resquebrajaron con el simple recuerdo de las manchas carmesí que adornaban el fondo de la pintura.

Ambos hermanos no dijeron nada, solo velaron el cuadro en silencio hasta que amaneció con el impacto de una toalla empapada que cayó como un bloque de hielo sobre su rostro, empapándolo en un segundo. Hades se incorporó con un sobresalto, el pecho bombeando como si saliera de un ahogamiento, las costillas tensas, el cuello rígido. El frío se le metió hasta los huesos.

—Arriba —ordenó una voz rasposa—. El día empezó hace rato, así que te esperaré en la sala de entrenamiento que usaste ayer.

Aizawa estaba en la puerta, sin molestarse en entrar. Su silueta cansada, encorvada como un árbol viejo que aún no cae, lo miraba desde la penumbra.

Hades parpadeó, aún a medio camino entre la realidad y su mente. Su cuerpo dolía. Cada músculo parecía haber envejecido diez años. Al girar la cabeza, vio sobre la mesa la lata de bebida energética. El gas aún burbujeaba dentro. La nota, escrita con tinta azul temblorosa, seguía pegada al costado.

Estaré fuera todo el día, así que tu bébete la lata.

PD: Hoy te entrena tu maestro.

PD2: Trata de no morirte, mocoso.

Hades suspiró lentamente y bebió de un solo trago. Sin querer saborear del todo el contenido. Y sin decir una palabra... fue al encuentro del día.

Al llegar, no hubo un saludo al comenzar.

Ni un "prepárate" ni un "estás listo". Solo el eco hueco de una sala de entrenamiento vacía, el olor a concreto frío y la figura desganada de Aizawa, con los ojos entrecerrados y las vendas arrastrándose a sus pies como serpientes sin prisa.

Hades llegó con paso lento y el rostro de quien no había dormido en toda la noche. La camisa aún tenía manchas del día anterior: pequeños puntos carmesí opacos de los conejos que había intentado curar.

—Haz una espada —ordenó Aizawa sin siquiera sacar las manos de sus bolsillos.

El muchacho parpadeó lentamente, pero asintió, y levantando su palma, un orbe azabache se formó. Hades lo miró fijamente por un momento, pero suspiró profundamente antes de que el orbe se desvaneciera en columnas descendentes de humo violeta. En el momento en que tocó el mármol del suelo, un fémur emergió. Era retorcido, cubierto de espinas pequeñas en su base. La hoja era ancha, tosca, asimétrica. Una herramienta poco práctica.

La levantó con ambas manos, pero aún así, el tembló. Su postura flaqueó y sus rodillas se flexionaron por el peso de la hoja. Un gruñido gutural se escapó de sus labios, mientras bajaba la postura y miraba fijamente a su maestro, listo para saltar como una bestia salvaje. 

Aizawa, sin moverse un centímetro, esperó, sus ojos se afilaron, mientras su bufanda se aflojó tan poco que fue imperceptible.

El tiempo se alargó entre ellos, sus miradas fijas chocaron entre sí hasta que Hades dio el primer salto. Su postura se adelantó y los músculos de sus piernas se tensaron al máximo, dándole el impulso necesario para cargar su arma. Cuando estuvo a menos de dos metros de su maestro, levantó la hoja por encima de su cabeza.

Y cuando bajó la hoja, su profesor dio un solo paso hacia el costado. Sus ojos brillaron en carmesí, mientras levantaba su pierna para ejercer presión en la empuñadura, evitando que Hades tan si quiera pueda volver a blandirla.

Pero, no se detuvo ahí. Sujetando su bufanda por los bordes, la misma cobró vida como viles serpientes que buscaban a su presa, mordiendo las muñecas y pantorrillas del chico... el no tuvo tiempo para tan siquiera reaccionar a lo que sucedió.

Con un simple movimiento, la espada —y su dueño— habían quedados tirados en el suelo.

—Haz otra, esa es muy torpe y pesada para ti —ordenó, mientras sus ojos volvían a la normalidad y daba un paso atrás.

Hades se mordió la lengua al levantarse, y posó su palma en el suelo, creando otra espada. Cuando la empuñadura emergió del suelo, él la tomó, arrancándola del suelo.

La hoja que emergió era más delgada y curva que la anterior. Al blandirla, sintió que se movía mejor, y queriendo atacar, dio un paso al frente, para volver a saltar... hasta que Aizawa la interceptó con la mano desnuda, la redirigió, y la estrelló contra el suelo usando su bufanda. Cuando la hoja chocó desde la curva, esta se quebró por la mitad.

Las esquirlas se dispersaron en el aire como polvo de hueso. Hades la quedó mirando por un largo momento. La frustración opacando su letargo. 

—Tú... —susurró, mientras levantaba una vez más su palma. 

Esta vez, el mango tenía ganchos. El filo parecía un diente de tiburón con cientos de protuberancias que sobresalían de su lomo, pero...

Aizawa la destruyó de una patada y contra atacó a su estudiante con un jab izquierdo.

—Empezaré a golpear, cada vez que falles, mocoso.

La siguiente, una espada más pequeña. La siguiente, un espadón sin punta. La otra, dentada como una sierra.

Cada una era diferente. Cada una duraba menos que la anterior. Cada golpe de Aizawa era un corte a la dignidad. Y el muchacho contuvo su frustración. Solo respiraba de forma errática, su rostro brillaba de un tono púrpura con manchas carmesí.

Al ver la variedad de armas que Hades podía crear, Aizawa levantó su mano, para detener la creación de una nueva espada.

—¿Tú decides cómo se ven?

—¿Qué...? 

Aizawa suspiró, frotando sus ojos, antes de volver a hablar.

—¿Puedes decidir cómo se ven esas armas?

—No... solo, aparecen.

El silencio los envolvió por un segundo, ambos mirándose fijamente, pero fue el maestro quien rompió el silencio.

—Eso es un error de novatos. Intenta crear que sea tuya, y no un vómito del azar.

Hades cerró los ojos. Respiró hondo. Y por primera vez, imaginó el arma que él quería. No quería una cualquiera... él quería una monstruosidad.

Una hoja larga, gruesa, afilada como un lamento contenido durante años. El mango como si fuera una mandíbula abierta, con colmillos malformados. En el centro, una columna vertebral cruzaba toda la hoja, pulsando como si tuviera sangre.

La tierra comenzó a temblar, las baldosas comenzaron a abrirse en fracturas con forma de telaraña, y de ahí... emergió su espada.

El muchacho quedó embelesado por su propia creación. La felicidad cubrió la frustración, y por primera vez en ese día, él sonrió. Por otro lado, Aizawa dio un paso hacia atrás, mirando con desinterés como una grieta se formaba en el centro de su arma. 

—Golpea el suelo —ordenó, sus manos en los bolsillos, sin intención de hacer nada más.

—¿Qué? —respondió, su ceja levantada, mientras acomodaba la gran espada encima de su hombro.

—Golpe tu espada contra el suelo.

Con una mueca, Hades levantó el arma con ambas manos sobre su cabeza, y dando un paso hacia delante, balanceó la hoja, impactándola contra las baldosas.

El impacto resonó entre la amplia sala de pruebas, junto a una pequeña nube de polvo. Una pequeña grieta apareció en la zona de impacto, pero... el suelo no fue lo único en agrietarse. 

Desde el mango hasta la mitad de la hoja, serpenteaba una grotesca grieta que parecía burlarse del herrero que la forjó. Apenas fue un golpe... y ya estaba quebrada.

Hades parpadeó, incrédulo, antes de apretar los dientes, la frustración naciendo de nuevo desde el fondo de su corazón. Con un grito contenido, alzó el trozo de metal y huesos una vez más, y volvió a golpear, esta vez con más fuerza que antes.

En el momento del impacto, se rompió como porcelana barata.

—¡Maldita sea! —gritó, sintiendo sus muñecas resentidas por el retroceso de los impactos.

—Ya veo... —murmuró Aizawa, cruzándose de brazos—. Parece que tienes algo más por aprender para dejar de ser un peso muerto.

La frase cayó como una sentencia. Una daga sin filo. Una verdad cruel.

—Entonces cambiaremos de ejercicio —añadió, dando una zancada hacia Hades, sus puños en guardia frente a su rostro—. ¡Ahora iremos con los puños!

Y el puño llegó antes de que Hades pudiera siquiera reaccionar.

Un golpe seco a la mandíbula empapó su paladar con el sabor a su propia sangre. Otro directo al estómago, provocó que el aire huyera de sus pulmones. Aizawa se movía como una sombra, su bufanda era un látigo que cortaba el viento. Su cuerpo, una herramienta precisa de destrucción.

Hades intentó defenderse, levantó sus brazos para tratar de bloquear. Aizawa, al ver el intento, sonrió con malicia.

—¡Veo que no te quedaste como un tronco! —vociferó, levantando su brazo derecho, telegrafiando un gancho. 

Hades trató de dar un salto lateral, pero eso fue una finta. Con el impulso ganado, el maestro dio una vuelta sobre si mismo, y levantando su pierna, golpeó su estómago con el talón. El impacto lo tiró sobre las frías baldosas que no hacían más que burlarse de cada caída suya. 

Cada error lo dejaba en el suelo.

Rodillas raspadas. Labio abierto. Su hombro llegó a dislocarse, pero con una tenue, apenas perceptible aura verdosa, logró recolocarlo a la fuerza, pero, antes de que su don se descontrolase, Aizawa activó su propio quirk parando su regeneración a tiempo antes de que se descontrolara. El maestro no lo regañó, pero... Sus golpes se volvieron mas brutales, sus movimientos más erráticos e impredecibles. Su bufanda serpenteaba como una morena, y Hades caía una y otra vez.

Pero siempre se levantaba. No importaba donde era atacado, no importaba cuantas veces había soltado sangre, él siempre se levantaba y trataba de golpearlo, pero... cada vez era más lento.

—¡No cierres los ojos! —rugió Aizawa con una pasión enterrada—. ¡No pienses, deja que tu cuerpo te guie!

Hades obedecía, cada vez trataba de repetir los movimientos de su maestro, pero siempre era superado, cada vez que se acercaba un centímetro más que antes, Aizawa lo superaba, lo dominaba. 

En ese instante para Hades, el suelo era más cálido que los pensamientos que lo esperaban si se quedaba quieto. Su cuerpo ardía y rugía de dolor, pero Hades solo pudo activar sus guantes, para bloquear una de las patadas de su maestro. 

—¡Te ten—¡

Trató de decir, antes de que las bufandas volasen hacia sus muñecas y jalándolas hacia delante. Hades, cuyas piernas estaban debilitadas por el cansancio, fue arrastrado por el empuje y la explosión golpeó a la nada.

Con un rodillazo en el abdomen de Hades, lo obligó a separarse entre tambaleos, a cinco metros de distancia. Hades gruñó, y bajó su centro de gravedad, flexionó sus rodillas y posó su mano derecha sobre el suelo.

Entonces, sin aviso... comenzó.

Hades dio el primer paso. Rápido, torpe, pero con intención. La pierna izquierda lanzó su peso hacia delante, y el puño del guantelete cruzó el aire como un martillo.

Una explosión brotó desde la palma: seca, opaca, controlada... un rugido ahogado. Pero no tocó nada. Aizawa ya no estaba allí.

Desapareció con el más mínimo desplazamiento de tobillo, girando el torso y dejando que su bufanda, viva como un depredador entrenado, se enroscara en el brazo del muchacho.

Hades cayó de bruces.

Se levantó, sin mirar al profesor. Tenía tierra en los labios, sangre en las encías y el orgullo en el suelo.

Y volvió a lanzarse.

Esta vez fue más rápido, su guantelete resplandeció, y la detonación fue más agresiva, rompiendo el aire con un bramido que hizo vibrar los paneles de acero de la sala.

Aizawa lo bloqueó con el antebrazo y redirigió la fuerza con un movimiento seco de cadera.

Hades pasó de largo.

Y el puño de su maestro, sin misericordia, lo recibió en la mandíbula.

Todo se volvió luz. El dolor se expandió como una mancha de tinta. Pero el guantelete absorbió parte del impacto. Un zumbido metálico lo envolvió, y el brazo pareció calentarse, como si estuviera hambriento de represalias.

—¿Qué crees que estás haciendo? —espetó Aizawa, a medio metro de su rostro—. ¿Confiando solo en tu resistencia?

Hades no respondió, solo volvió a lanzarse sobre su maestro. 

El combate se alargó por horas.

Siguió, aun cuando sus piernas ya no respondían bien. Siguió, aun cuando el hombro derecho apenas aguantaba el peso del guantelete. Siguió, aun cuando Aizawa lo levantó con las vendas y lo lanzó contra el suelo con la violencia justa para no matarlo, pero sí para que no olvidara nunca esa caída.

Hades perdió la noción del tiempo con cada embiste de su maestro, de lo único en que estaba seguro, era de que él estaba de rodillas frente a Aizawa. Su respiración era errática y entrecortada.

Su cuerpo fue sometido, humillado, lanzado contra el suelo, las paredes, al aire y de vuelta al piso. Solo lograba incorporarse con los ojos más apagados cada vez. Y cuando todo acabó, ni siquiera pudo alzar las manos para rendirse.

Aizawa lo miró desde arriba, cansado. Su sudor perlaba su frente, mientras que el carmesí se ahogaba entre su ropa negra.

—No usaste esa habilidad con la katana... ¿por qué?

—Yo... no quiero depender de eso... —balbuceó, sus dedos apretándose sobre su pantalón—, no quiero perderme otra vez...

Aizawa caminó hacia la salida, sin mirar atrás.

—Estás pensando como un héroe suicida —gruñó con voz seca—. Pero aún caes como un mocoso.

Y mientras las puertas de acero se cerraban tras él, le dedicó una única frase. 

—Gana el festival, y volveré a entrenarte.

Hades bajó la mirada a sus manos rotas, a sus dedos con sangre y tierra incrustada.

No dijo nada al principio, su mirada estaba perdida entre las grandes gotas de sudor que se escapaban por su nariz, pero, con esfuerzo, levantó su cabeza, y entre jadeos, respondió, más para si mismo que para el maestro que ya no estaba ahí.

—Lo haré —susurró, casi inaudible—. Te juro que lo haré...

[Horas después...]

El cielo afuera era un espectro de luz blanca, sin forma ni canto. Dentro de la enfermería, el silencio flotaba como una sábana tendida sobre el aire estéril, el segundero avanzaba con lentitud, igual que los latidos de su cuerpo exhausto.

Hades estaba sentado, encorvado, con los brazos colgando como si pesaran más que su alma.

Su camisa abierta dejaba ver el torso cubierto de hematomas. Morados, rojizos, algunos viejos, otros frescos, era una cartografía de su vida. Un recuerdo palpable de la danza que había tenido el día anterior con su maestro.

Recovery Girl caminaba alrededor de él con la paciencia de una escultora Tomó su bastón. Lo apoyó con un golpecito en el suelo y luego se trepó en un banco para alcanzar su espalda con más facilidad.

—¿Y bien? —preguntó, mientras colocaba una mano sobre su hombro y otra sobre la cintura—. ¿Aprendiste algo útil ayer?

Hades apenas alzó la cabeza, su flequillo húmedo por el baño que había tomado, cubría parte de sus ojos. Aún así, esbozó una sonrisa forzada.

—Sí... aprendí a comer el suelo... de desayuno, almuerzo... —suspiró, frotando su rostro con sus manos—, y cena...

La anciana rió, pero no por cortesía. Sino porque el humor del muchacho, tan agrio y resistente, empezaba a gustarle.

Pero, a diferencia de su ánimo, su rostro cambió, como si el bastón dictara su siguiente línea.

—Hoy vas a descansar.

—¿Qué? —soltó Hades, casi en un susurro.

—Mañana es el Festival Deportivo. No tiene sentido destrozarte el cuerpo para luego exponerlo frente a miles.

Hades frunció el ceño. Esas palabras le dolieron más que el alcohol aplicado sobre sus heridas. 

—No aprendí a controlar mi curación. Ni siquiera puedo... 

—Lo sé —interrumpió ella, sin suavidad—. Pero Aizawa ya se comprometió. Estará como comentarista el día de mañana. Si tu don se descontrola, él cancelará tu quirk de inmediato.

—¿Y si es demasiado tarde?

La anciana no respondió enseguida. Su quirk alargó sus labios, mientras una luz suave, cálida, casi maternal brotó de ellos..

La piel de Hades se tensó. La sangre en sus venas se sintió más densa, casi como si sus célula despertaran de un letargo doloroso.

La energía que ella extraía no se notaba al instante... Pero dentro de su cuerpo, su ahora superior resistencia comenzó a vaciarse.

—Haz aguantado—dijo la anciana, notando su respiración alterada—. Solo un poco más que antes...

Hades apretó los dientes, sintiendo como el dolor que sentía se desvanecía, a cambio de su energía.

—A diferencia de mi curación, Hades... —comenzó, tomando al muchacho por los hombros y recostándolo—. La tuya es como cargar dinamita con las manos desnudas. No puedes seguir usando un don que destroza lo que toca sin conocer lo que estás tocando... ya viste las consecuencias... ¿cierto? 

Él asintió, sintiendo como su conciencia se le escapaba de su propio control. Sus párpados le pesaban. Con esfuerzo, giró su cabeza y vio una pequeña nevera con las siglas "PL" gravada en ella.

Trató de estirar su brazo, de mantenerse despierto con una de las bebidas, pero la anciana le retiró la mano con un movimiento rápido.

—No. Guárdalas para mañana. Vas a necesitarlas cuando el mundo te esté mirando.

—Tsk... —gruñó él, guardando su mano encima de su pecho.

—No discutas. Ya hiciste suficiente con solo dos días luego de darte el alta.

—¿Será suficiente...?

—No lo sé... —susurró, tomando las mantas y subiéndolas hasta el pecho de Hades—. Solo duerme, y mañana lo descubriremos.

Hades no pudo responder, sus pupilas se habían cerrado cuando sintió el ligero peso extra encima suyo, y su conciencia se desvaneció dentro de los pasillos de mármol que decoraban sus sueños.

[Al día siguiente]

....

El vapor aún se desvanecía tras él cuando cruzó el umbral del baño. El eco de la ducha retumbaba como un susurro apagado, recordándole que apenas había comenzado el día más importante desde su llegada a la U.A.

Hades caminaba con pasos firmes, sin bastón al fin. Sus piernas, aunque aún resentidas, respondían con obediencia a cada orden. La tela del uniforme deportivo de la U.A. se ceñía a su cuerpo magullado como una segunda piel, marcando los relieves de músculos cansados y los rastros de vendajes recientes. En sus nudillos, las finas cicatrices que Aizawa le había obsequiado con generosidad, latían al ritmo de su pulso como recordatorios de un entrenamiento sin tregua.

En su mano izquierda, sostenía una paleta de uva de envoltorio brillante que apenas había comenzado a saborear. Un recuerdo pegajoso y frío de quien se la había dado momentos antes.

....

—Toma, Hades —había dicho la anciana mientras lo observaba ponerse los zapatos con lentitud forzada—. Y no te atrevas a venir arrastrándote a la enfermería. Estaré esperándote... pero espero no verte.

Él se había girado, con media sonrisa.

—Entonces prepárese para recibir a los que yo envíe, Baba.

La vieja heroína había soltado una risotada seca, orgullosa, mientras le entregaba la paleta y le palmeaba la espalda con una confianza que pesaba más que cualquier bendición.

....

Ahora, el sabor dulce inundaba su boca, mientras el aire fresco de la mañana le rozaba el rostro y le despeinaba ligeramente el cabello húmedo. Caminaba por el pasillo principal, perdido en pensamientos que compartía en silencio con Haruto. El mundo comenzaba a rugir al otro lado del muro: una multitud se agolpaba en las afueras de la U.A., empujando barreras, gritando nombres, exhibiendo carteles, exigiendo autógrafos y fotos. Periodistas, fanáticos, familiares y oportunistas se mezclaban como un solo monstruo hambriento de espectáculo.

Hades observó el tumulto a través de la reja exterior. Las luces de las cámaras parpadeaban como luciérnagas histéricas y reconoció, entre el gentío, un rostro familiar: la reportera de cabello corto que lo había abordado con palabras dulces y una mirada entrenada para cazar promesas. Aquel encuentro había sido breve, pero inolvidable. Al cruzarse sus miradas, la mujer alzó su cámara, pero Hades simplemente giró sobre sus talones y se alejó en dirección contraria, buscando la entrada al campus.

Sin embargo, un escalofrío recorrió su nuca. 

Un instinto primitivo, tan viejo como la muerte misma, le habló en forma de presión invisible sobre el cuello. No llegó a girar del todo. Solo alcanzó a entrecerrar los ojos cuando una pata de conejo voló en su dirección a una velocidad imposible. Era un borrón blanco. Un alarido de adrenalina. Un golpe como un tren descarrilado.

La patada se incrustó en su pecho con una violencia tal que el aire escapó de sus pulmones antes de que pudiera gritar. Su cuerpo fue levantado del suelo como si fuera un saco de huesos y lanzado a través del umbral del edificio, golpeando un pilar antes de deslizarse hasta el suelo como un fardo maltratado.

Se ahogó, escupiendo su paleta y jadeó con desesperación, mientras un zumbido ensordecedor se instalaba en sus oídos. Cuando alzó la mirada, la vio entrar por la misma puerta que él había cruzado minutos atrás, con la sonrisa amplia, peligrosa, como la de un lobo que ha olido sangre fresca.

—¡He esperado con ansias esta revancha, perrita mía! —gruñó con deleite, las orejas rectas, el torso apenas cubierto por su chaqueta abierta, el sudor brillando en sus clavículas.

Las cámaras del exterior no tardaron en notar su presencia. Los flashes estallaron como fuegos artificiales. Pero a ella no le importó. Caminó dentro del edificio como si fuera suyo.

Hades, recuperando el aliento con dificultad, apoyó una mano en el suelo. Su guantelete chispeó, y un estruendo blanco lo envolvió.

—¡Te voy a...!

La explosión voló hacia ella con furia. Pero Mirko no solo la esquivó. Se rió.

—¿Crees que ese truco barato funcionará dos veces conmigo?

Desapareció de su línea de visión y apareció junto a él. Una patada descendente lo estrelló contra una banca metálica. Otra lo arrojó de vuelta contra una pared.

Los puños de Mirko impactaban contra los guanteletes de hueso de Hades, ambos enfrascados el uno en el otro. Los golpes volaban, las rodillas de la heroína impactaban en el abdomen del muchacho, sus piernas girando con la precisión de una bestia entrenada.

Hades apenas podía seguirle el ritmo. Cada vez que trataba de crear espacio, ella lo acortaba. Cada vez que intentaba usar su guantelete, ella lo desviaba. El combate era más que físico: era un mensaje. Una cátedra.

—¡Maldita sea...! ¿Qué carajos haces aquí, maldito conejo? —gritó Hades entre jadeos, retrocediendo mientras se protegía el rostro.

Ella se detuvo un segundo, riendo con dientes expuestos.

—¡Estoy aquí para ver cómo te patean el trasero en el evento más importante de toda Asia!

Entonces se impulsó en una columna, giró en el aire y su pierna cayó como un martillo directo a su abdomen.

Hades, cruzó sus brazos en su torso, pero no logró bloquear todo el impacto, y salió volando a través de la puerta del vestuario masculino, chocando contra una hilera de casilleros y provocando un coro de gritos agudos y objetos cayendo.

—¿Qué demonios fue eso?

—¡Estoy en toalla, por el amor de Dios!

—¡Ese fue Hades volando! ¡Lo juro!

Mirko se acercó caminando, la sonrisa aún abierta como una flor siniestra. Sus pasos eran deliberadamente pesados, como si saboreara cada avance.

—Ese calentamiento fue satisfactorio... Pero ahora empieza el verdadero round.

Pero antes de que pudiera moverse...

Las vendas llegaron. Silenciosas. Violentas. Precisas.

Una se envolvió alrededor del torso de Mirko. Otra atrapó la espada que Hades comenzaba a invocar. Una más se deslizó hasta su rostro, tapándole la boca justo cuando la palabra maldita empezaba a brotar:

—¡Kensh—! —y el silencio lo consumió.

Mirko se detuvo de golpe. Las orejas bajaron. Sus ojos se clavaron en la figura que emergía del pasillo, desgarbada, con los ojos entornados y la bufanda ondeando como una amenaza sin voz.

—¿Qué mierda crees que estás haciendo, Rumi? —dijo, como quien ve a un gato escarbar en su jardín.

Ella parpadeó, flashes de su día como alumna le invadieron en un segundo, y no pudo evitar tartamudear frente a su maestro.

—Sensei... cuánto tiempo sin vernos, jejeje...

—Deja de atacar a mi estudiante antes del festival —sentenció, activando su quirk, sus ojos tornándose carmesí—. Además... que sepas que las reparaciones saldrán directamente de tus bolsillos.

—¡Sí, sí! Y bueno.. ya me voy. Patrullas y esas cosas. Ja, ja... Qué divertido verte otra vez, sensei —murmuró, retrocediendo con una sonrisa nerviosa— ¡Esto aún no termina, Hades! —gritó, antes de darse la vuelta y lanzar algo al aire. Una zanahoria.

Aterrizó con un golpe seco junto a Hades, aún enredado como gusano enfurecido. Aizawa, con resignación, liberó lentamente las vendas, como quien desata a un perro bravo antes de volverlo a encadenar.

—Siempre los mocosos más problemáticos se atraen y destrozan todo... —masculló antes de girarse y marcharse sin una sola mirada demás a sus alumnos.

Hades escupió el vendaje con rabia, tomó la zanahoria y notó una cinta de papel adherida con cinta.

"Más te vale ganar, perrita."

Soltó un gruñido, chasqueó la lengua, y mordió la zanahoria con fuerza, comiendo el papel en su camino. El zumbido del impacto aún resonaba en sus oídos, mientras se limpiaba el polvo de los hombros.

—Estúpida coneja... esta vez me agarró desprevenido... —murmuró, con la boca llena, pero cuando alzó la mirada, se encontró con sus compañeros de clase observándolo con expresiones que iban del asombro al desconcierto. Como si acabaran de verlo salir volando desde la nada.

—¿Qué me ven...? —gruñó, dándole otro bocado a la zanahoria.

Con desgano, comenzó a estirar el cuello. Un leve crujido le recorrió la columna y luego los brazos, mientras el cuerpo le gritaba por las secuelas de la paliza y el arrastre reciente. Las fibras musculares, doloridas y firmes, se tensaban con cada estiramiento. Las cicatrices del entrenamiento aún estaban frescas. Doloridas. Pero lo suficientemente asentadas como para permitirle moverse.

Cerró los ojos con un suspiro largo. Y entonces ocurrió.

Una manta verdosa, apenas perceptible, comenzó a envolver su cuerpo. Era como una brisa difusa, un reflejo de luz sobre agua. Pequeña. Imperfecta. Inestable.

Un gruñido se le escapó de los labios apretados cuando el dolor floreció como una flor marchita desde su espalda y le bajó por los brazos. Fragmentos de hueso comenzaron a crecer en su piel: pequeñas esquirlas que brotaban desde el rostro, el cuello, los antebrazos. Se los arrancó con una mueca de asco y rabia por su propia imperfección.

—Maldita sea... —murmuró entre dientes—. ¿Por qué siempre duele?

La respuesta no vino de su cuerpo, sino del entorno.

—¿Vaya... Acaso Mirko te acaba de patear el trasero, Hades-kun?

Cuando alzó la vista, ella estaba allí. Akemi.

Estaba de pie entre la multitud. Su uniforme inmaculado, su cabello perfectamente recogido, y una sonrisa suave dibujada con meticulosa falsedad. Junto a ella, como un centinela de hielo, Todoroki observaba en silencio.

—¿Cuándo carajos habían llegado? —pensó, mientras se ponía de pie.

Pero no hubo tiempo para hilar pensamientos, o tan siquiera responder la provocación de la peliverde cuando la voz de Todoroki irrumpió con el filo de un cuchillo.

—En términos de potencia bruta de Quirk, soy más fuerte que tú, Midoriya.

Sus palabras no llevaban odio ni arrogancia. Eran frías, firmes, como un veredicto ya sellado.

—Y sin embargo... el domingo te las arreglaste para colocarte en el centro de atención de All Might... y de mi padre también —tragó saliva, mientras endurecía su mirada, un vapor gélido le cubrió las manos antes de continuar—, siendo que prácticamente eres la más fuerte del salón.

Las palabras cayeron como piedras en la conciencia de Hades, hundiéndose en su estómago con más peso del que esperaba. El silencio lo abrumó. El zumbido persistente por el último golpe de Mirko, la charla de los demás, todo se disolvió hasta que solo quedaron esas palabras en su mente.

Pero, en ese momento, un brazo cayó sobre su hombro.

—Viejo... esto sí que es tensión antes del festival —comentó Kirishima, con una risa nerviosa que intentaba romper la incomodidad.

Hades levantó una ceja, apenas asintiendo. El nudo en su garganta era real. Pero antes de que pudiera pensar en algo, Todoroki volvió a hablar, pero, esta vez mirando fijamente el carmesí de Hades.

—Tú, en cambio, no representas un desafío para mí —afirmó, sus ojos bicolores entrecerrados—. Ambos, son considerados los más fuertes pero... contra el cero absoluto, no son nada.

Hades abrió la boca, indignado por las palabras de ella, pero fue interrumpido con la voz chillona de Akemi:

—Espero llegue ese momento, porque pienso aplastar tu triste y plano cuerpo como la cucaracha que eres —sentenció, pasando entre ambos con sus pasos juguetones, como si su tono inocente no ocultara un veneno cuidadosamente calculado.

Pero, como ocurrencia de último segundo, se giró hacia sus atónitos compañeros y levantó su brazo.

—¡Vamos, todos a la formación! ¡Debemos estar listos para la apertura!

Sus palabras se llevaron la atención del grupo, que comenzó a caminar lentamente hacia la entrada principal del estadio. Pero Todoroki no se movió. Sus ojos siguieron fijos en la espalda de Akemi. El rostro inexpresivo no se quebró, pero la presión en su mandíbula hablaba por él. 

Sus palabras no dejaban de flotar en su cabeza. Siendo que "plano"... rebotaba como un eco insoportable.

Entonces, Hades aprovechó el momento para acercarse, murmurando con sorna cerca de Todoroki:

—No te creas el muy—

No alcanzó a terminar su queja, porque lo que le alcanzó fue el hielo.

Una ráfaga brutal le golpeó el rostro como un látigo gélido, arrancándole una tos violenta, la garganta contraída por el cambio de temperatura.

Mientras se doblaba por el espasmo, los pasos de Todoroki se alejaban, firmes, impasibles, tragados por el flujo de estudiantes que no se detuvieron a mirar atrás. Ni uno solo.

Hades permaneció quieto por unos segundos, con la mano sobre la boca, escupiendo escarcha. Una mueca lenta se dibujó en su rostro, amarga como la bilis.

—Maldito engreído... —murmuró, saboreando el sabor metálico en su boca del frío que aún le quemaba la garganta. La tos le sacudía el pecho como una piedra incrustada en los pulmones.

Se incorporó lentamente, llevándose una mano al cuello, limpiando los restos de escarcha con los nudillos vendados. Su cuerpo crujía por dentro, como si cada músculo se burlara de su voluntad. La tensión seguía palpitando en su sien, pero ya no quedaban palabras, ni quejas, ni rabia. Solo el murmullo persistente de su orgullo —y el ardor en su estómago, como si un incendio pequeño se hubiera instalado allí para recordarle que estaba vivo.

—Tch... hielo de mierda —gruñó, con la voz rasposa y cortada, mientras comenzaba a dar sus primeros pasos.

El eco resonó sobre el concreto, la marcha de cientos de alumnos a su alrededor fueron ahogadas con cada una de sus zancadas, su cuerpo dolía, su garganta pedía un largo reposo, pero sus pies añoraban la batalla. 

En medio del pasillo, lleno de alumnos de diferentes clases que se empezaban a organizar, su mirada se posó en la figura inconfundible de Iida, erguido como un soldado de plomo, liderando la formación de su clase hacia la gran entrada del estadio.

Entonces a paso lento, pero constante, él lo siguió aún tosiendo entre dientes por el aire denso del pasillo, saturado de adrenalina. Y justo al final, una luz cortaba la penumbra.

Un haz de sol filtrado entre los pilares del túnel.

Los pasos de todos se volvieron más pesados, más nerviosos sobre el concreto del túnel, pero cuando tocaron el pasto, un trueno explotó con un eco que hizo temblar las paredes.

—¡Y aquí vienen! ¡Los aspirantes de la clase 1-A! —gritó Present Mic, su voz tan poderosa como familiar, rompiendo el cielo sobre sus cabezas.

El rugido de la multitud llegó tras las palabras del maestro, miles de voces corearon el número del aula, una y otra vez.

—¡UNO-A! ¡UNO-A! ¡UNO-A!

El temblor del público se filtró por el suelo, se elevó por los tobillos de Hades y le golpeó el pecho con el peso de un millón de expectativas. El mundo entero estaba mirando.

Hades, que fue el último en llegar, levantó una mano para cubrirse los ojos. El sol le golpeó directo en la cara, y sus dedos temblaron apenas... no por miedo. Sino porque estaba sintiendo lo que no quería aceptar: Estaba emocionado.

Los flashes de las cámaras chispeaban como fuego fatuo en la distancia. El cielo era claro, el viento se alzaba con un murmullo, y frente a él... se alzaba, imponente la arena del coliseo.

Cuando alcanzó al grupo, se detuvo justo detrás de Shoji, quien no notó su llegada, su mirada estaba fija al frente, pero sus tentáculos vibraban de emoción. Hades, por su parte alzó la cabeza, su espalda se irguió como si sus huesos ya no conocieran el cansancio. Su mirada barría el campo. El escenario donde ascendería... o caería en el olvido.

—Esto es absurdamente bullicioso... —pensó Hades, sin parar de sonreír.

—Nii-san, pienso lo mismo, pero... —agregó Haruto, mientras levantaba las manos—. ¡Vamos Hades, sé que podremos ganar! ¡No sabrán que los golpeo cuando saquemos la copa!

—Y aquí también tengo a otro ruidoso... —gruñó, antes de abrir los ojos de nuevo—, al menos esto no puede ser peor.

Y como si el universo escuchara sus pensamientos, Present Mic gritó con una pasión imposible de contener:

—Sean bienvenidos... ¡al Festival Deportivo de la U.A.!

La multitud enloqueció. El cielo mismo pareció inclinarse hacia ellos. Y entre ese clamor, en ese mar de gritos y nombres, entre las respiraciones contenidas, los flashes, los sueños y los miedos...

Hades sonrió tan ampliamente, que los alumnos que estaban cerca de él, se alejaron un paso de él...

El rugido del público apenas se había apagado cuando las pantallas gigantes a cada extremo del estadio chispearon con energía estática. De pronto, una imagen emergió. No una imagen cualquiera, sino una recopilación, un montaje frenético con música épica de fondo, lleno de dramatismo y gloria construida al milímetro. 

 

[Recomendación por parte mía... My Hero Academia OST - You Say Run / Créditos al canal de Youtube]

La voz de Present Mic tronó como un relámpago sobre el silencio expectante:

—¡Y aunque apenas llevan unas semanas como estudiantes de primer año... esta generación ya ha demostrado por qué es la más prometedora de la historia de la U.A.! ¡Un fuerte aplauso para la clase... 1-A!

Las pantallas cobraron vida. La primera que fue mostrada era Akemi, envuelta en una danza precisa y letal, sus látigos negros entrelazándose como serpientes alrededor de los cuellos de varios villanos, dejándolos inconscientes con una facilidad que rozaba lo elegante a pesar de que su traje se viera desgarbado.

Le siguió Bakugo, una explosión tras otra, volando entre la tormenta, como un cometa de furia desatada. Las nubes parecían responderle, iluminando su silueta con cada estallido.

Luego apareció Aoyama, levantándose de entre el barro, mientras disparaba su láser abdominal con lágrimas dramáticas en los ojos y un villano siendo empujado hacia atrás. 

Kaminari, en un giro inesperado, estaba saltando sobre el agua, canalizando una descarga bestial que sacudió una zona entera del USJ. Justo debajo de él, un villano con cabeza de cocodrilo saltaba con las fauces abiertas... pero era fulminado antes de tocarlo. El grito del chico retumbó en el público cada vez más emocionado.

—En cuerpos mojados... ¡Yo soy invencible!

Kirishima fue el siguiente en llegar luego de que la pantalla se llenase de los rayos de Denki con una transición ascendente, y ahí estaba el escudo humano, cubierto de sangre y lodo, resistía el embiste directo de un villano con mutación de oso negro. Cada impacto contra su cuerpo endurecido provocaba que su piel se resintiera... y él, con una sonrisa salvaje, respondió con un puñetazo que astilló los colmillos del enemigo cuando tropezó gracias a una mano invisible para todos.

Después, el silencio se volvió helado. Todoroki apareció en pantalla, con un solo gesto, una palma contra el suelo. Una ola de escarcha blanca se extendía como un glaciar hambriento, inmovilizando a una decena de villanos con una facilidad que provocó un murmullo admirado entre el público.

Y entonces... la pantalla se oscureció por un instante. El silencio se hizo espeso, y un nuevo ritmo comenzó.

Más grave. Más lento. Más salvaje.

La primera imagen mostraba a Hades envuelto en su propia sangre, con una espada descomunal formada de hueso, cargando contra el Nomu como un loco. Lo siguiente fue su guantelete: una explosión directa contra el pecho de la bestia. Un contragolpe que lo hizo destruyó, pero que no fue suficiente contra ese monstruo, luego... llegó la locura.

Una versión distinta de él. Ojos rojos como carbones vivos. Una katana raída, oxidada, temblando en sus manos. El cuerpo cubierto de huesos fragmentados, como si se desgarrara a sí mismo con cada movimiento. Sus labios sellados por dedos esqueléticos, mientras envestía sin parar contra la bestia. Aunque cayera, el se levantaba, aunque fuera usado como un simple juguete, el se volvía a levantar gracias a decenas de manos de hueso muerto que no le permitían perder, todo eso, hasta llegar a su grito final. El momento en que levantó la katana con amabas manos y los dedos que aprisionaron sus labios se retrajeron. El público contuvo el aliento, sus piernas no paraban de rebotar contra el palco, mientras una corriente eléctrica les hacía cosquillas desde sus espaldas.

Todo eso fue inmortalizado con un grito desgarrador, con un fulgor que nació de la propia katana, de su resiliencia llevada hasta el límite.

—¡Yo soy... HADES!

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