La pantalla se congeló en ese instante, cuando su espada cortó al Nomu a pesar de su intento de resistencia... Y el estadio estalló.
Los gritos, vítores y cánticos reventaron el aire como si fueran fuegos artificiales humanos.
—¡Hades! ¡Hades! ¡Hades!
Un nombre. Un ídolo. Una imagen diseñada, manipulada, puesta en lo alto como una bandera para encubrir la tragedia del USJ. Un producto de propaganda perfectamente pulido por los engranajes de Nezu y su maquinaria de relaciones públicas. Una historia vendible.
Y entre los vítores, una figura femenina emergió al centro del estadio.
Vestía un ceñido traje blanco que delineaba cada centímetro de su cuerpo, un corset negro atado al centro y un antifaz que apenas disimulaba su sonrisa felina. Midnight chasqueó su látigo al aire con un sonido limpio, seductor y amenazante a la vez.
—Espero que todos jueguen limpio... aunque —hizo una pausa, llevando un dedo a sus labios y sacudiendo sus curvas—, en la guerra y el amor, todo se vale, ¿verdad?
Las risas nerviosas de los estudiantes se mezclaron con silbidos desde las gradas.
—¡Y ahora! —gritó, con voz melodiosa— ¡Llamemos al representante de primer año... elegido por ustedes mismos! ¡El chico que encendió los foros, las redes y los titulares! ¡El berserker de la U.A.! ¡Hades!
Hubo un breve instante de confusión. Hades parpadeó. Una. Dos veces.
Su garganta seguía seca, la voz herida por la escarcha de su compañero pulsaba en confusion ante las palabras de la mujer.
—Adelante —susurró Shoji, con uno de sus tentáculos en la espalda del chico, empujándolo suavemente.
—¡Vamos presi, demuestra tu varonía! —exclamó Krishima, levantando ambos brazos.
Akemi frunció el ceño, sorprendida.
—¿Hades? Esperaba que fuera Kachan... —susurró, mirando fijamente al muchacho.
—¿Dijiste algo, Akemi-chan? Kero —preguntó Tsuyu, mirando de reojo a la peliverde.
—Cosas sin importancia.
La chica rana asintió, con los ojos entrecerrados, pero su foco de atención se desvió cuando Hades pasó junto a ellas.
Los ojos de todos se posaron sobre él. Cámaras. Profesores. Alumnos. Extraños.
El viento le revolvió el cabello, dejando ver por un instante el brillo sobrenatural de sus ojos carmesí bajo la luz del sol. Su uniforme deportivo ondeaba a su alrededor. El corazón le latía lento. Cada paso era pesado. Como si el mundo lo arrastrara hacia adelante con una cadena invisible.
Midnight le entregó el micrófono con un guiñó y un movimiento sutil de sus burbujas.
—Es bueno verte de nuevo, hombrecito... —susurró, antes de caminar unos cuantos pasos a su costado.
Hades lo sostuvo con su mano aún llena de emoción, un peso como ningún otro se instaló en su estómago. Las gradas se silenciaron enseguida, esperan do sus palabras. Entonces, lo acercó a sus labios resecos por la escarcha, y cuando alzó la vista, con la voz más baja de lo que nadie esperaba, pero tan intensa como un cuchillo desenvainado, dijo:
—No vine a pedirles respeto. Ni a rogar por su aceptación. Vine a recordarles lo que ya saben... pero no quieren nombrar.
Respiró hondo. La voz bajó, densa por el daño en su garganta, pero aun así, se quitó los lentes y miró directamente al dron que lo inmortalizaba entre su lente.
—Yo soy el más fuerte aquí.
El público explotó de emoción desde sus gradas, muchos empezaron a abuchear, otros en cambio lo comenzaron a reverenciar por su actitud. Midnight suspiró por lo bajo con los ojos en blanco predispuesta a quitarle el micrófono al muchacho, pero él no había terminado.
La clase 1-B por su parte, estalló en insultos.
—¡Quién te crees, imbécil!
—¡Te voy a destruir en el primer evento!
—¡Todos en el 1-A son iguales a ese bastardo!
Kinoko Komori, con las mejillas ligeramente rojas, no apartaba la vista de la pantalla. Sus dedos jugueteaban nerviosos con las mangas de su chaqueta.
—Se ve más genial que antes... como un gran Matsutake que crece entre cadáveres —susurró con voz suave.
—Ese vándalo impuro —espetó una chica de cabello verde con enredaderas que serpenteaban en sus hombros, con una pequeña cruz de madera colgando de su cuello—. Es un blasfemo al autodenominarse como un dios. Señor Jesús, guía nuestros pasos lejos de la corrupción.
Kinoko pestañeó, con una mezcla de confusión e incredulidad.
—Las apariencias engañan... además, no creo que sea tan malo, ¿sabes?
—¡Lo aplastaré con mi hierro! —vociferó un chico de cabello ceniza y colmillos puntiagudos que levantó los puños al cielo—. ¡Nadie insulta a los del 1-B y se va caminando!
La clase de soporte reaccionó con asombro e indignación.
—¿Y este pendejo qué?
—¿Quién se cree? ¡Ni siquiera es carismático!
—¡Jamás crearé equipo para un creído!
Mei, por su parte, estaba feliz. Su sonrisa recorría de mejilla a mejilla mientras levantaba ambos brazos.
—¡Eso es lo mínimo que espero de mi sujeto de pruebas exclusivo número 1! —gritó, mientras saltaba y sus aparatos chocaban entre sí.
Incluso algunos de la 1-A lo maldijeron. Bakugo apretó los dientes tan fuerte que le crujió la mandíbula.
—¡Ese maldito me robó las palabras de la boca! ¡Lo voy a reventar!
—Porque no me sorprende... —murmuró Mina, mientras suspiraba de molestia.
—Eso es muy de él... —suspiró Momo, sacudiendo su cabeza en señal de desaprobación.
—No me esperaba menos, kero.
Hades, viendo el pequeño caos que había generado, sonrió como nunca. Sus dientes se reflejaron en el lente de la cámara y continuó con sorna.
—¡Corran, griten, enfurézcanse! ¡No importa cuánto odio me tengan! después de todo... —gritó, bajando la voz con su ultimas palabras. Su sonrisa se extinguió, sus músculos se abultaron y su postura se inclinó hacia delante—. Yo soy un dios. Y comenzarán a rezar para que no me levante.
Los flashes de las cámaras comenzaron a opacar los gritos de la multitud. Los drones capturaban cada segundo y lo transmitían a todo Japón. Y Hades solo pudo empaparse en ese sentimiento, en esa emoción de ser visto por todos por lo que es. Un dios.
Y mientras el estadio rugía entre odio, admiración. Nezu, desde el palco privado, sonrió.
—Excelente... —pensó, girando la taza de té entre sus dedos—. El espectáculo de este año será el más fructífero desde los años de All Might.
Mirko, que estaba sentada junto al roedor, no había dejado de sonreír. Sentada con las piernas cruzadas sobre el respaldo de la silla frente a ella —para incomodidad de los asistentes más rígidos—, mordía una zanahoria con la misma intensidad con la que su mirada devoraba al chico en pantalla.
—Ese maldito... —murmuró con un tono rasposo, casi juguetón—. Tiene mi maldita sonrisa. Qué horror.
Su oreja derecha se movió con un leve espasmo al sentir cómo All Might, justo a su lado, soltaba una risa nerviosa. Él mantenía su típica sonrisa luminosa de fachada, pero la tensión en sus hombros delataba lo contrario.
—Es... carismático. De una forma muy... exótica —dijo, cruzando los brazos—. Espero que entienda el peso de esas palabras.
Endeavor, al otro lado, ni siquiera lo miraba. Se mantuvo rígido como una estatua de obsidiana, los brazos cruzados y la mandíbula marcada por un tic de molestia.
—Arrogante —gruñó—. Pero la arrogancia sin fuerza no es más que debilidad.
Hawks, recostado hacia atrás, movía la pierna con ritmo distraído, jugando con una pluma entre los dedos.
—Meh, arrogante o no... eso vende —comentó sin quitar la vista del chico en la pantalla—. La mitad del estadio va a estar esperando que pierda. La otra mitad, que gane. Eso es marketing de élite, Nezu.
Nezu, en su trono alto como el emperador de un coliseo romano, soltó una risita que apenas se escuchó bajo el bullicio. Sostenía una taza de té con la palabra "Ambición" impresa con caligrafía inglesa.
—Exacto. La arrogancia es combustible en este mundo de cámaras. Y a veces... —miró de reojo a Endeavor—, incluso más que el fuego.
El silencio duró un par de segundos, solo interrumpido por el rechinar de la zanahoria al ser triturada por los colmillos de Mirko.
Y abajo, Hades solo sostenía el micrófono como si nada le importara.
....
[Apartamento Midoriya]
La pantalla iluminaba el rostro de Inko, que tenía ambas manos unidas sobre su regazo, los ojos clavados en su hija y luego en el televisor. A su lado, una taza de té se enfriaba lentamente.
—Ese niño... —murmuró con un dejo de ternura—. Siempre parece tan solo, pero míralo. Habla como si el mundo le perteneciera.
A su lado, Himiko Toga —ahora con un moño improvisado y una camiseta ajena— estaba medio tumbada sobre el sofá, abrazando una almohada como si fuera una persona acolchada. Su rostro estaba completamente sonrojado.
—Dios... ¿vieste esa mirada? ¡Esa voz! ¡Es como si me hablara a mí directamente! —gritó, tapándose la cara pero espiando entre los dedos—. Hades está tan... tan...
—¿Tóxico, malhumorado, tsundere y bocón? —interrumpió Inko con una pequeña sonrisa cansada.
—¡Sí! ¡Tan único que me gusta!
—Jojo... bueno, supongo que no puedo culparte...
[Enfermería de la U.A]
Recovery Girl apagó la pequeña televisión instalada en su rincón. Lo hizo con la boca fruncida, como si saboreara un caramelo amargo.
—Ese mocoso necesita otro golpe de realidad —gruñó, presionando el interruptor con más fuerza de la necesaria—. A este paso va a terminar comiendo lodo en el fondo del pozo.
Suspiró, mientras ojeaba su lista de... "materiales": tenía vendas para momificar a todos los faraones dos veces, tenía jeringas y analgésicos listos para cualquier mocoso que se lastimara de más.
—Tantos productos... —suspiró, negando con la cabeza—, tal vez me quede corta este año.
Por otra parte, en el centro del espectáculo, Midnight chasqueó su látigo una vez más. El sonido atravesó el aire como una descarga eléctrica que tensó cada espina dorsal presente en el estadio.
—Y ahora, pequeños traviesos y traviesas —ronroneó—... ¡Ha llegado el momento! ¡El evento más cruel, más salvaje, más delicioso del día! —aclamó, quitándole el microfono de las manos de Hades—. Así que, shu shu. V e a posicionarte.
Se giró, echando una mirada por encima del hombro al muchacho irse mientras el sol relucía sobre el brillo de su traje ceñido.
—¡El primer evento de las preliminares... es...!
El estadio entero contuvo el aliento.
—¡La Carrera de Obstáculos!
Una mezcla de aplausos, gritos de emoción y sudor anticipado se esparció como una tormenta sobre los estudiantes.
En ese instante, Hades fue recibido por su curso. Pero no con vítores ni sonrisas. Solo encontró miradas duras, confundidas o francamente hostiles. Una palmada firme cayó sobre su hombro. Iida, con expresión moderadamente severa, le susurró:
—¡Esas palabras no nos darán una buena imagen! ¡Debes cuidar tus palabras ya que no solo eres el representante de los de primer año, si no que también el representante del curso! Así que—
—Lo tendré en cuenta —interrumpió Hades, apenas audible, sin borrar la ligera sonrisa de sus labios.
Frente a él, Akemi no lo miraba. Pero su cuerpo estaba erguido, la cabeza bien alta, mientras miraba el palco privado.
Todoroki, unos pasos más allá, mantenía los brazos cruzados, pero una vena latía con intensidad en su sien.
El aire vibraba. Y mientras las puertas se abrían, dejando ver un campo devastado, el sol alcanzaba su punto más alto, bañando el estadio en un fulgor cegador, mientras los estudiantes de primer año se alineaban frente a la línea de salida, colocados como piezas de ajedrez listas para la guerra.
En el centro del campo, Midnight se adelantó con su sensualidad habitual, pero con una presencia que imponía respeto. A sus espaldas, una gigantesca pantalla holográfica proyectaba el recorrido de la carrera. La imagen giraba en tres dimensiones, mostrando con precisión los obstáculos, rutas irregulares y los terrenos escarpados.
Con una sonrisa peligrosa, se relamió los labios mientras hablaba al micrófono con voz melosa:
—¡Queridos espectadores! Lo que están por presenciar es el primer evento de estas preliminares... ¡Una carrera de obstáculos a campo traviesa!
La pantalla tras ella mostró la línea de salida, el camino que serpenteaba a través del perímetro externo del campus de la U.A., sus bosques artificiales, barrancos, campos minados de entrenamiento, hasta regresar al estadio tras una vuelta completa de casi cuatro kilómetros.
—Pero no se equivoquen... ¡No es solo correr! —rió, su látigo azotó el aire con fuerza—. Son once clases compitiendo, y lo mejor de todo... fufufufu... ¡Pueden usar sus quirks con total libertad!
El rugido del público fue inmediato, vibrante como una ola de electricidad que recorrió cada asiento del estadio.
En el palco de comentaristas, Aizawa tomó su micrófono con la desgana habitual, mientras su rostro seguía mostrando un perpetuo cansancio.
—Espero que no se maten.
—¡Eso sí que es entusiasmo, Eraser! —rió Present Mic, activando su micrófono con energía desbordante—. ¡Esto va a ser todo un espectáculo! ¡Y lo vamos a narrar segundo a segundo para todos ustedes en casa!
Las cámaras enfocaron a cada grupo de alumnos. Clase 1-A, al frente. Los músculos se tensaban. Las pupilas se dilataban. Los quirks comenzaban a brillar.
"3..."
Midnight levantó su látigo, y los nervios en el aire se condensaron como electricidad antes de una tormenta.
"2..."
—Vamos... —susurró una voz entre la multitud. Akemi sonreía con intensidad, sus látigos envolviendo con gentileza las cinturas de algunas compañeras.
Todoroki alzó un pie y su suela brilló con vapor helado, lista para una ofensiva inicial.
Iida bajó su postura; los motores de sus piernas rugieron como un enjambre metálico.
Hades bajó la mirada a su mano vendada, la apretó y su guantelete se materializó de una bruma púrpura. Y respirando profundamente, golpeó su propio antebrazo.
"1..."
Los quirks comenzaron a activarse como fuegos artificiales.
—¡LET'S GOOOOOOOOOO! —gritó Present Mic mientras una alarma ensordecedora marcaba el comienzo.
Entonces... el caos estalló.
Todoroki fue el primero. Pisó el suelo con fuerza y una oleada de hielo se expandió como un tsunami helado. Varios alumnos quedaron atrapados al instante, resbalando o congelándose hasta las rodillas.
Akemi, con la precisión de una maestra titiritera, lanzó sus látigos y atrapó a todas sus compañeras por las cinturas, las elevó por encima del hielo y las arrojó como si fueran sacos sobre el terreno seguro.
—¡No te dejaremos tomar ventaja, bastardo de dos colores! —gritó con sorna, dejando que sus tentáculos se replegaran detrás de su espalda.
Bakugo, viendo su terreno congelado, detonó el aire a su alrededor, provocando una ola de explosiones concéntricas que derritieron el hielo bajo sus pies. Sin perder el ritmo, se impulsó hacia el cielo como un cohete, dejando tras de sí un rastro de humo y fuego.
Iida esquivó con un salto, corriendo sobre los escombros con una velocidad vertiginosa.
Hades, sin embargo, no fue tan rápido. Sus piernas fueron congeladas hasta las rodillas, pero, viendo como Bakugo se liberó, él creó una pequeña explosión, improvisada para despejar el hielo... pero por culpa de las esquirlas de hielo y el retumbar en sus oídos, la presión en su pecho y el súbito desequilibrio, lo retrasó.
—¡Tsk... joder! —gruñó, sacudiendo la cabeza, apenas viendo cómo los demás ya tomaban la delantera.
Desde el palco, Present Mic estalló:
—¡Tremendo arranque de las clases 1-A y 1-B! ¡Miren esos movimientos de Akemi, Bakugo, Iida y Todoroki! ¡Y miren a ese bastardo arrogante, Hades, tratando de recuperar el terreno perdido!
Aizawa, por su parte, fue tan seco como de costumbre:
—Por lo que veo... Todoroki creó un nuevo obstáculo impredecible.
La pantalla gigante enfocó un momento a un alumno alto corriendo sin problemas. Pero, en ese momento, un chico de cabello púrpura se giró y entabló una conversación imposible de escuchar para los espectadores.
—Oye, te saliste de la pista.
—¿Eh? —respondió el chico sin pensar.
—Llévame a la meta —ordenó el chico de cabellera morada.
En ese momento, los ojos del otro chico se dilataron un segundo... y entonces cargó al de cabello violeta sin rechistar.
Más adelante, Bakugo, estaba en pleno vuelo, y cuando alcanzó a Todoroki, gritó como un rayo de furia:
—¡No me subestimes, maldito bicolor!
Todoroki, frío y distante, ni volteó. Su hielo seguía formándose bajo sus pies mientras avanzaba sin esfuerzo.
Akemi, riendo como una loba, soltó sus labios.
—¡Vamos, vamos, no nos dejes atrás, Hades-chan! —gritó burlona—. ¡Muéstrales cómo se corre en tu panteón!
Hades, chasqueando la lengua, volvió a canalizar una pequeña detonación en su guantelete. Esta vez, la ejecutó con mejor control y se impulsó hacia adelante, uniéndose a la carrera. Sus piernas comenzaron a moverse. Rítmicas. Firmes. Más allá del dolor muscular provocado por la congelación espontánea.
—¡Y ahí van! ¡Todoroki Shoto en cabeza, seguido muy de cerca por Bakugo Katsuki y la fiera Midoriya Akemi! ¡Esto es una locura, señores, una tormenta de quirks, velocidad y furia! —gritó Present Mic desde la cabina de comentaristas con voz de relator de carreras—. ¡Parece una escena de Apocalypse Now en versión escolar, ¡y apenas han recorrido los primeros quinientos metros!
La pista de tierra vibraba bajo los pies de cientos de alumnos de primer año, divididos por clases, ambiciones y potencia. Pero ahora, todos se vieron obligados a frenar en seco.
—¡Primer obstáculo entrante! —rugió Present Mic, emocionándose de más—. ¡Y no son cualquier lata oxidada... tenemos contacto visual con los modelos de seguridad armada de la U.A., patrulla Z-Ω! ¡Robots blindados de dos metros y medio, equipados con garras de asalto y órdenes de "eliminar novatos"! ¡Esto se pone bueno!
Una línea de robots descendió por un montículo artificial, flanqueando el camino como un enjambre. Sus ojos brillaban con un resplandor rojo mecánico, mientras repetían una misma frase.
—Eliminar... novatos... eliminar... novatos...
Uno de los primeros robots se lanzó hacia Todoroki, que ni siquiera pestañeó. Estaba concentrada, silenciosa como un espectro. Con un simple giro de su muñeca, una muralla glacial surgió del suelo y atrapó a tres robots en un sepulcro de hielo cristalino.
Bakugo, por su parte, se elevó con una ráfaga de explosiones bajo sus pies, volando por encima de los enemigos como un misil humano. Rugió con furia mientras descendía sobre ellos:
—¡Quítense de mi camino, mierdas de metal!
La explosión en el aire fue brutal. Una cabeza de robot rodó por el suelo envuelta en llamas.
Akemi, siempre distinta, giraba con una gracia violenta. Sus piernas trazaban líneas rectas y curvas en el aire mientras golpeaba con patadas dirigidas y precisas. Una, dos, tres máquinas se desplomaban ante ella como si fuesen de papel. Y en su mente, clara y decidida:
"¡Si Mirko está aquí... entonces tengo una oportunidad de entrenar con ella otra vez!"
Su estilo se volvió aún más feroz, más brutal. No solo golpeaba, destrozaba. Cada patada buscaba puntos ciegos, juntas, sensores. Era ágil como un conejo... y peligrosa como una leona.
En cambio, más atras... Hades, que ya había recuperado terreno, divisaba a los tres líderes en combate. Su respiración era firme, el guantelete brillaba con energía acumulada. Observó cómo los robots más pequeños caían ante ellos con facilidad.
Aceleró el paso.
Pero entonces, una sombra colosal cubrió el camino.
Una estructura de metal descendía con un zumbido ensordecedor. Un puño del tamaño de un coche bajaba directo hacia su posición.
—¿Eh? ¡Qué demonios es eso! —chilló Present Mic, antes de sonreír con sorna—. ¡Señores y señoras! Den la bienvenida, a los verdaderos obstáculos, ¡modelos punto cero! ¡Los mismos usados en el examen de ingreso!
Todoroki, viendo cómo los gigantes descendían, arqueó una ceja con calma.
—Así que estos son los desafíos de la prueba general... qué decepción —pensó, antes de alzar ambas manos al cielo.
El hielo brotó como un océano antártico: cubriendo pies, piernas, articulaciones y torsos de los robots titánicos. Algunos se detuvieron por completo. Otros comenzaron a congelarse desde dentro, su núcleo expuesto.
Hades, sin embargo, no retrocedió. Sus ojos brillaron con fuerza carmesí. El puño descendía veloz, brutal, directo a posición, pero en ese momento, rugió
—¡Cambio! ¡Gran espada!
En un parpadeo, el guantelete desapareció, disolviéndose en partículas oscuras, y desde el suelo, una espada descomunal emergió como una torre de hueso y acero carmesí, rugiendo con él.
Hades la sujetó con ambas manos y, con un grito gutural que le lastimó aún más la garganta, alzó el arma y cortó el puño descendente con un tajo vertical.
El impacto fue monumental.
La hoja hundió el metal como si fuera madera podrida, chispas revolotearon como miles de luciérnagas a su alrededor. El brazo del robot explotó hacia los costados, su enorme cuerpo tambaleándose con un siseo hidráulico.
—¡Y ahí está Hades, usando su forja de espadas! ¿Viste eso Eraser?
—Lo vi —respondió Aizawa con su tono seco—. Y espero que ese mocoso recuerde que existe la gravedad.
Y, como si sus palabras marcaran lo inevitable, los circuitos, metal cortado a medias y los cables que aún despedían electricidad se desplomaron encima de él.
—Olvidenlo, ese mocoso definitivamente se olvido —gruñó Aizawa, frotando sus ojos de frustración
Hades, cubierto de fragmentos metálicos, emergió de la nube de polvo jadeando. Ambos brazos vibraban, resentidos por el último corte, mientras que el filo de su espada se encontraba curvado y mellado. Cuando levantó su mirada escaneó el terreno... y vio a Bakugo y Akemi adelantándolo sin piedad.
—Puedo... puedo hacerlo —gruñó para sí, apretando los dientes, escapando de la lápida de chatarra y comenzando a correr.
Trozos de chatarra caían a su alrededor. Su espalda aún dolía. La espada se deshacía en su mano, como si el mismo esfuerzo por mantenerla comenzara a desgarrar sus reservas.
Delante, Todoroki corría entre los colosos congelados.
Y entonces lo dijo.
—No es buena idea seguirme.
Sus palabras fueron frías, casi ignorantes. Pero el significado llegó como una premonición.
Un segundo después, los robots comenzaron a colapsar.
El hielo que los había contenido se resquebrajó por el peso mal distribuido. Las piernas congeladas a medias. Todo empezó a ceder uno por uno, los titanes cayeron como árboles derribados. El eco de sus cuerpos destrozando el suelo sacudió la pista.
—¡El terreno se viene abajo! Jajaja —gritó Present Mic—. ¡Y ni siquiera hemos llegado a la mitad de la carrera!
Los robots que una vez intentaron frenar a los alumnos del 1-A yacían desmembrados, congelados, destrozados o convertidos en plataformas improvisadas. Si bien otros cursos luchaban por avanzar o esquivar los peligros, los del 1-A no solo sobrevivían: brillaban.
Iida, con sus motores rugiendo, aprovechaba los huecos que dejaban sus compañeros para zigzaguear y derrapar entre curvas. Mientras tanto, Kirishima alzaba a dos estudiantes caídos y avanzaba corriendo con la espalda endurecida como armadura viva. Kaminari arrojaba relámpagos por sus palmas cuando tocaba a los robots, desactivándolos temporalmente mientras reía entre dientes. Aoyama, contra toda expectativa, usaba su rayo abdominal como retropropulsor, flotando torpemente por encima de la chatarra en combustión.
Y Akemi, destacando con brutalidad y elegancia, usaba a los mismos robots como trampolines. Con una sonrisa afilada, saltaba de cabeza en cabeza, destruyendo sensores y rodillas mecánicas con sus piernas, mientras sus látigos se enredaban y desenredaban con precisión antinatural.
—¡La clase 1-A se despega del resto! ¡Como si estuvieran hechos para esto, para el caos, para la presión! —gritó Present Mic enardecido desde la cabina.
—Jum, después de todo, estos chicos han sobrevivido a un ataque sorpresa de villanos —agregó Aizawa, bebiendo de un vaso de café.
En las gradas privadas, la élite de los héroes observaba sin parpadear. Frente a ellos, una gran pantalla holográfica mostraba varias cámaras simultáneas de tomas aéreas.
Endeavor, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada, masculló con voz grave:
—Mi hijo... se está luciendo.
Hawks, recostado con un ala doblada detrás de la cabeza, no pudo evitar soltar un bostezo fingido.
—Nah. Tiene suerte. El hielo es perfecto para controlar terrenos abiertos como estos. No es sorpresa que lleve la delantera.
Mirko, con una pierna apoyada en la mesa, su sonrisa desafiante no desaparecía ni un segundo mientras masticaba una nueva zanahoria.
—Ese mocoso... ¿Qué esperaba? ¿Que la chatarra lo aplaudiera luego de cortarla?
All Might, desde su asiento, asintió con una expresión seria, aunque aún amable.
—Bueno... todos hemos hecho eso alguna vez.
—No, solo eres tú —refutó Hawks, bostezando por lo bajo.
Nezu, sentado entre ellos, movía su taza de té con movimientos sutiles, observando cada detalle de la transmisión. Entonces, intervino con su tono tranquilo pero cortante:
—En realidad, creo que está completamente despreocupado. Después de todo, su habilidad de curación lo protege de... casi todo.
Los ojos de Hawks brillaron con súbito interés. Bajó el ala de su nuca y se incorporó.
—¿Curación? Pensé que solo tenía un quirk de tipo cración.
Endeavor, frunciendo aún más el ceño, murmuró con cierta incomodidad:
—Eso es prácticamente imposible. Solo los quirks de tipo acumulativo pueden tener ese nivel de regeneración. Y aún así, la forja es otro sistema completamente distinto...
Mirko levantó una ceja y dio otro mordisco a su zanahoria.
—Peleé con él y le rompí el brazo en pleno combate... —dijo, mientras tragaba la zanahoria restante en su boca—, ese mocoso se regeneró en segundos.
El silencio que siguió fue denso. Nezu, sin inmutarse, alzó su taza con ambas patitas y explicó con tono neutro:
—Su quirk es de tipo dual. Y me di la libertad de nombrarlo, jojojo —rió, antes de darle un sorbo a su taza—. Decidí llamarlo Anástasis.
El silencio se volvió más incómodo aún cuando Endeavor ladeó la cabeza, curioso.
—¿Y quiénes son sus padres? No he oído de ningún héroe profesional con un quirk de forja.
Nezu negó con una leve sonrisa.
—El chico fue abandonado. No hay registros sobre su padre, en cambio su madre... ella era una civil sin quirk.
El asombro fue unánime. All Might incluso inclinó su cabeza, intrigado.
—¿Sin quirk...?
Hawks silbó por lo bajo, entrecerrando los ojos.
—Un paquete de inicio bastante impresionante para alguien que salió prácticamente de la nada...
Endeavor, con la mandíbula tensa, guardó silencio. Había algo que no cuadraba. Algo en ese chico desafiaba todas las lógicas heredadas de los quirks. Pero justo cuando se disponía a hacer más preguntas, Present Mic rugió en los altavoces:
—¿Ja ja ja, queridos espectadores, creyeron que eso era todo? —gritó, mientras movía su dedo índice como un péndulo—. Espero que estén preparados para... ¡La gran caída !
En la pantalla central, un nuevo escenario se reveló: un enorme cañón artificial. Entre sus márgenes, colgaban plataformas de roca suspendidas por cables gruesos, en constante movimiento. Algunas giraban. Otras temblaban. Y unas pocas simplemente... caían.
—La siguiente etapa consiste en cruzar este abismo usando sólo su astucia, reflejos, y sus quirks... ¡si pueden! —Midnight alzó su látigo y lo chasqueó con fuerza.
Las plataformas vibraron al compás del golpe. Un leve suspiro colectivo recorrió el estadio.
Aizawa, desde la cabina, se inclinó hacia el micrófono con una apatía feroz:
—Ahora sabremos quién tiene cabeza... y quién solo corre porque tiene piernas.
—Vaya forma de ver las cosas, compañero —agregó Mic, con un tono más bajo de lo normal, pero, aclarando su voz, volvió a su tono normal—. ¡Entonces, veamos quienes tienen la cabeza bien puesta!
El abismo se extendía frente a ellos como una herida abierta en el mundo. Rocas suspendidas por cables de acero crujían al compás del viento; algunas giraban lentamente, otras vibraban sin ritmo, amenazando con lanzarse al vacío. El aire mismo parecía denso, saturado de tensión.
Todoroki Shoto fue el primero en reaccionar. Apenas su mirada calculadora comprendió el terreno, extendió una mano al frente. Una plataforma de hielo brotó desde el borde y avanzó con gracia, extendiéndose en línea recta entre las rocas colgantes. Sus pasos eran tan precisos como su quirk: ni un desliz, ni una duda. Su figura avanzó a paso firme, helando el aire con cada respiración.
Detrás de él, Bakugo ni siquiera consideró pisar esa creación helada. El rugido de sus explosiones retumbó en el abismo como truenos de guerra. Se propulsaba entre plataformas, girando en el aire con movimientos controlados y feroces. Cada impulso lo acercaba más a la vanguardia.
La silueta de Akemi a su vez, estaba envuelta por vetas de electricidad verde. Su One for All al 8% hizo estallar los músculos de sus piernas, y en una fracción de segundo, saltó hacia las plataformas móviles. Sus látigos oscuros se aferraban a los cables con agilidad felina, balanceándola mientras rebotaba entre los bloques de piedra, sus ojos encendidos por el frenesí de la carrera.
Sero, siempre subestimado, pasó a toda velocidad balanceándose como un acróbata. Su cinta adhesiva le permitía saltar en ángulos imposibles, girando y lanzándose entre plataformas sin perder velocidad. En un solo movimiento, rebasó a Hades, lanzándole una mirada de triunfo antes de impulsarse hacia el siguiente tramo.
Iida, con su precisión casi obsesiva, caminaba sobre los cables con una disciplina inquebrantable. Su cuerpo erguido, sus movimientos medidos, avanzaba como un equilibrista mecánico. Los motores de sus piernas rugían suavemente, listos para impulsarlo si perdía el equilibrio.
Tsuyu, con sus movimientos de anfibia entrenada, se deslizaba por las cuerdas con manos y pies, su lengua estirada ocasionalmente para aferrarse a las piedras más cercanas. Su progreso era lento pero constante, una lección de resistencia silenciosa.
Entonces Hades llegó al borde jadeando, los labios secos, el corazón golpeándole el esternón como un tambor de guerra. Frente a él no había cuerdas ni plataformas visibles de inmediato, solo un hueco negro inmenso... y un camino helado que se perdía entre la bruma. Trató de dar un paso, pero cuando apenas levantó el pie, algo lo atrapó por los tobillos.
No tuvo tiempo de gritar.
El suelo se volvió blando. Rocas que deberían haber sido sólidas se tragaban sus piernas como si fuesen pantano. Manos terrosas, junto a un rostro de pómulos marcados y sin labios emergieron. El muchacho tenía los dientes colgando secos como espinas. Para cuando se irguió desde el lodo, sonrió ampliamente.
—¿Qué pasa "dios", estás atrapado? —escupió, sin dejar de sonreír con los dientes pelados.
Hades gruñó y se revolvió, tratando de zafarse. Su pie se liberó con un chasquido de piedra quebrada, y en el instante siguiente, su rodilla se estrelló contra el estómago del otro chico. El golpe apenas lo hizo tambalear. El suelo, inestable por el mismo quirk que lo había deformado, tembló bajo ellos, pero en ese momento, ni siquiera lo sintieron. Ellos siguieron forcejeando. Un puñetazo, un codazo mal dado. El otro le sujetó la muñeca. Hades le devolvió un cabezazo.
No pudieron continuar con su intercambio cuando el suelo bajo de ellos crujió. La roca se hundió en fragmentos mal hechos y la gravedad reclamaba sus cuerpos. El chico con los ojos entrecerrados y una risa ahogada, lo tomó de la camisa.
—Si no puedo ganar... ¡al menos te arrastro conmigo, gran imbécil!
El viento cortó su grito.
En plena caída, el instinto se impuso. Hades alzó el brazo, de el un brillo púrpura se materializó, mientras su guantelete se formaba, esta vez leves tonos negros que adornaban su figura.
—¡No me estorbes, maldito imbécil! —gritó, mientras colocaba su mano enguantada en el estómago del chico.
La explosión que lo acompañó fue ensordecedora, mientras el otro chico, ahora inconsciente se desprendía de su agarre. Justo en ese momento, Hades volvió a gritar:
—¡Cambio!
Un sonido óseo, como carne rompiéndose, estalló en su espalda. Desde su palma emergió un clavo de hueso largo y tosco, afilado en una punta irregular. No era una espada. Era una cuña. Una aberración. Y la lanzó contra la pared del precipicio.
El impacto fue brutal.
El arma se clavó como una estaca en la piedra y Hades se aferró a ella con ambas manos. El tirón fue seco, cruel. Su hombro crujió y se dislocó con un espasmo nauseabundo. La carne le ardía. Pero no cayó.
Colgando del borde de su propio filo improvisado, el aliento denso, Hades miró hacia abajo. El otro chico, sin control, giraba en el vacío. No gritaba. Solo lo miraba mientras desaparecía, como si le doliera más su fracaso que la muerte.
El silencio del abismo le devolvió la mirada.
Hades escupió sangre entre los dientes.
—Imbécil...
Y siguió subiendo, mientras una ligera capa color verdosa se materializaba en sus hombros. Pequeñas formaciones de hueso se crearon encima de sus mejillas, pero las descartó cuando por fin alcanzó la cima.
Miró hacia el frente. El camino helado ya no existía. Solo quedaba la maraña de cuerdas y plataformas temblorosas. Inspiró hondo, soltó su espada —que se disolvió en polvo óseo— y comenzó a arrastrarse por el cable, imitando a Tsuyu que estaba por terminar con el obstáculo. Sus músculos ardían con cada centímetro que avanzaba. El viento le silbaba en los oídos, y por debajo de él, el abismo parecía llamarlo por su nombre.
En ese momento, Present Mic resonó desde los altavoces:
—¡Y recuerden, queridos espectadores! ¡Los alumnos de la clase de soporte pueden usar los dispositivos que ellos mismos fabrican! ¡Con la aprobación de su profesor, Power Loader! ¡Veamos qué locuras nos traen esta vez!
En la pantalla dividida, una figura resaltó: Mei Hatsume.
—¡Nos vemos en la meta, ojos LED! —gritó mientras un gancho retráctil salía disparado desde su cinturón. Su cuerpo fue lanzado por el aire, dando una voltereta antes de estabilizarse con una sonrisa radiante. El propulsor en sus botas se encendió, dándole el impulso extra que necesitaba para rebasar a varios participantes, incluido Hades.
Él levantó la cabeza, su ceño fruncido, y entre dientes murmuró:
—Maldita sea... ahora la loca me está ganando.
Ya a mitad del trayecto, la tensión en su cuerpo comenzaba a acumularse. Las cuerdas eran inestables. Su brazo ardía. Decidió que era momento de tomar un riesgo.
Extendió su brazo derecho y con una pequeña exhalación, el guantelete apareció, envolviendo su mano en su ya conocido diseño blanco huesudo. Sin pensarlo dos veces, lo levantó y golpeó su propio brazo izquierdo, tratando de cargar su guantelete.
Present Mic chilló desde la cabina:
—¿Acaba de golpearse a sí mismo...? ¡Acaso se volvió loco! ¡Qué demonios está pasando!
Una corriente invisible se acumuló en su brazo. El metal orgánico del guantelete vibró y pequeñas manchas negras adornaron el pálido diseño. Y entonces, saltó y liberó un estallido pequeño, seco, apenas un susurro comparado a las explosiones de Bakugo, pero aún así, logró impulsarlo hacia la meta. Pero, contra toda expectativa, se tropezó al aterrizar y rodó. Se incorporó de inmediato y echó a correr.
Allí, justo delante, vio a Jirou aferrándose a una cuerda, sudando, jadeando con esfuerzo. Su quirk de audición estaba casi agotado después de neutralizar las frecuencias de los robots anteriores. Hades la rebasó con rapidez, lanzándole apenas una mirada.
El sudor le bajaba por la frente, ardiente como si le hirviera la piel. Cada músculo de sus piernas gritaba por descanso, pero su mente ardía con otra urgencia: no ser superado. No ahora. No después de todo lo que había hecho para llegar hasta aquí.
Fue entonces cuando el primer golpe lo sacó de su concentración.
Un puñetazo en el hombro derecho.
—¡Quítate de en medio! —gritó un estudiante con un quirk de brazo extra, que había brotado desde su costado como una víbora musculosa.
Antes de que Hades pudiera girarse del todo, sintió algo más. Cabello. Mucho cabello.
Un segundo estudiante lo amarró desde los tobillos, su cabello amarillo y serpenteante enrollándose con fuerza, apretando hasta casi desgarrar la tela de su pantalón deportivo y dejar una marca rojiza en su piel por la fricción.
—¡Estás fuera de tu liga, engreído del 1-A! —escupió el de la cabellera viva, riendo mientras apretaba más.
Pero la respuesta de Hades fue un gruñido bajo. Una brasa encendida en la garganta.
—No... me... estorben.
Su guantelete brilló en su muñeca izquierda, acumulando presión, y con una explosión sorda bajo sus pies, levantó una nube de polvo y rocas sueltas, forzando a sus atacantes a retroceder. En el mismo movimiento, una espada de hueso brotó en su mano, su hoja curva y amenazante nacida del aire como una pesadilla sólida. Giró sobre su eje, y la hoja cortó el cabello que lo retenía liberándolo de inmediato.
El de cabello viviente retrocedió, gritando al sentir la tensión romperse de forma violenta, pero antes de que pudiera contraatacar, Hades gritó:
—¡Cambio!
El guantelete volvió a su brazo con una violencia casi orgánica, y con un rugido le estampó un puñetazo directo en la cara al de los tres brazos, enviándolo fuera de la pista. El golpe fue tan seco, tan brutal, que el sonido pareció un tambor de guerra.
Hades siguió corriendo. No se detuvo ni a mirar si habían quedado inconscientes.
Detrás de él, Present Mic chillaba desde las bocinas:
—¡Y a-a-aquí esta! ¡La zona de minas, el último obstáculo de la carrera! ¡Y se los advertimos, puede que sea el más explosivo de todos!
Una muralla de sonido envolvió el estadio. Las minas comenzaban a estallar en cientos de fragmentos de goma y metal que volaron por todas partes, nublando el aire con humo rosa.
Pero Hades apenas escuchaba. La explosión de sus pasos lo aturdía. El rugido del dolor físico se mezclaba con la tensión mental. Y al fondo, vio las siluetas de los tres: Akemi. Bakugo. Todoroki.
Estaban a la par. Corriendo. Deslizándose. Volando. Como una sinfonía sincronizada de poder.
Y él estaba lejos.
—¡Maldita sea! —masculló, mientras miraba como la tierra estaba adornada de cientos de bultos que contenían una sorpresa.
Cuando estuvo por comenzar a correr, vio a un estudiante salir volando tras pisar una mina. Lo lanzó por los aires como si el suelo hubiera escupido un alma. Y en ese instante, a Hades se le encendió la idea como fuego en yesca mojada.
Se detuvo.
Los demás lo adelantaban sin detenerse. Algunos se burlaban.
—¿Te rendiste, huesitos? —gritó uno de la clase de soporte.
Hades no respondió. En cambio, creó una espada más ancha de lo normal y la clavó en el suelo, se agachó... Y empezó a desenterrar minas.
Una a una.
Algunas explotaban cerca. Otras casi se le escapaban de las manos. Pero él no se detenía.
....
Mientras tanto, en el palco VIP, las reacciones eran mixtas.
—¿Qué... está haciendo ese mocoso? —gruñó Endeavor, su ceño fruncido como si quisiera incinerar la pantalla.
—Tal vez... ¿una especie de propulsión? —agregó Hawks, girando su palillo de dientes con un interés apenas visible.
Mirko, con una media zanahoria colgando entre los labios, soltó una carcajada.
—Idiota... ¡Talvez solo se rindió, se le nota el descaro como el de esa chica de pelo verde corto!
Nezu, que bebía té, sonrió en silencio.
—Veo que otro de mis estudiantes ah llamado tu atención.
Mirko se encogió de hombros, limpiándose la boca con el dorso de la mano.
—Bueno, solo vine porque quería mi revancha... y quizás tomarlo como saco de boxeo. Pero esa tal Midoriya... su estilo parece ser una inspiración de mi propio estilo.
All Might, que había permanecido en silencio, soltó una risa suave y sincera.
—Esa es Akemi Midoriya. Mi... alumna más prometedora.
La afirmación dejó un silencio breve en el palco. Nezu alzó apenas las cejas.
—¿La mejor de su generación, diría usted?
—Sin dudarlo —respondió, su sonrisa bañada de orgullo.
Pero el momento se rompió cuando Hawks se enderezó en su asiento.
—Miren... está por usarlas.
En la pantalla central, Hades había terminado su obra.
Había formado una montaña de minas cuidadosamente apiladas, más de veinte, todas con detonadores apenas visibles entre sí. Sus brazos temblaban, su espada se sentía más pesada que de lo normal, y su mirada parecía la de alguien a punto de saltar al infierno con una sonrisa.
Aizawa quien notó y entendió el pensamiento de su alumno, sonrió ampliamente de incredulidad.
—Ese mocoso... está completamente loco...
Hades retrocedió un paso. Luego otro. Y con una respiración profunda, sujetó firmemente su espada por los costados de la ancha hoja.
—¡Espero que esto funcione...! —masculló, saltando con todo su cuerpo sobre la pila de minas.
Una detonación infernal lo lanzó por los aires.
El cuerpo de Hades cruzó el cielo como un cometa maldito, envuelto en humo, fuego, y fragmentos de hueso. Su silueta volaba por encima de los otros concursantes, dejando tras de sí un rugido de destrucción, y cuando cayó... fue a menos de 50 metros de la línea final.
El estadio estalló en aplausos, gritos y vítores.
Present Mic chillaba con furia:
—¡Ese muchacho esta realmente fuera de sus cávales! ¡Se convirtió en un misil para superar la prueba!
Mientras tanto, el alboroto estalló como una ola detrás de Akemi, quien por puro instinto, giró la cabeza apenas unos grados, cuando miró la razón del escándalo, sus ojos se agrandaron.
Una figura envuelta en fuego, hueso y polvo que descendía del cielo como un proyectil sin dios ni ley. Su piel se erizó al instante. El estómago se le hizo un nudo.
—No puede ser... —murmuró, mientras una sonrisa llena de incredulidad nacía por las comisuras de sus labios—. ¡Robó mi jugada!
La misma que había usado en su otra vida, la que le pertenecía a una Akemi que ya no existía. Un truco desesperado que había ocupado de último segundo... y ahora él la había ejecutado sin saberlo, como si sus almas hubiesen cruzado cables por un segundo eterno.
Bakugo estando a la par de Akemi, también volteó su cabeza.
—¿Qué carajos fue eso...?
Todoroki no dijo nada. Solo frunció el ceño, sus ojos abiertos por primera vez con un atisbo de asombro, como si el aire mismo le pesara más que de costumbre.
Pero Hades ya los había pasado.
La sombra de su figura cruzó por encima, como un meteorito sin destino fijo, la gran espada que usaba como base estaba astillada por los bordes, y una gran grieta con forma de telaraña emergía desde su centro. Pero, eso no le quitó la gran sonrisa del rostro mientras perdía el impulso inicial.
Akemi, viéndose superada por su propia estrategia apretó los dientes, y el One for All rugió en sus venas.
—¡No te dejaré adelantarme! ¡One for All... 14%!
Sus piernas se hincharon, cubriéndose de latigazos negros como vendas demoníacas que se ajustaban a su piel para contener la potencia del quirk. La tierra tembló con su primer zancada.
Bakugo rugió, enfurecido.
—¡No dejaré que me ganes, maldito saco de huesos!
Sus manos ardieron, sus explosiones se volvieron más rápidas, más rítmicas, como una orquesta de dinamita al compás de su voluntad.
Todoroki, más sobrio, no dijo una palabra. El hielo creció bajo sus pies, ignorando que cada paso activaba minas a su alrededor. Solo corría. Como una estatua viva hecha de determinación y tormenta congelada.
Mientras tanto, Hades descendía.
El suelo se acercaba. Su cuerpo temblaba por el esfuerzo. Las piernas quemaban, la respiración era una sinfonía descompuesta de gemidos y jadeos. Pero sus ojos... junto a su sonrisa, brillaron de malicia.
—¡Cambio! —gritó con voz rasposa, apenas poniéndose en cunclillas.
La gran espada desapareció en polvo fino, mientras que el guantelete apareció como un latido explosivo en su brazo, y sin titubear, aún suspendido en el aire, lo apuntó al suelo. Una explosión directa emergió, una onda de choque que lo impulsó hacia adelante, activando a su vez las minas más cercanas, atrapando en su radio a Akemi, Bakugo y Todoroki que lo habían empezado a rebasarlo.
El palco estalló de emoción, junto a Present Mic, quien no perdió la oportunidad de gritar como un endemoniado:
—¡Pero que acabamos de ver! ¡Esto es una verdadera locura! ¡Ese chico es un maniaco de pensamiento rápido, todo un maldito Berserker suicida!
La nube de humo envolvió todo. Por unos segundos, solo se oyó el eco de las explosiones y el rechinar de escombros.
Y entonces, Akemi fue la primera en salir. Como una ráfaga. El One for All zumbando en sus piernas, el viento azotando su rostro, la mirada de una loba hambrienta. Y frente a ella, estaba Hades quien había aterrizado a duras penas contra el suelo.
Present Mic, al ver el tramo final, decidió animar a la audiencia.
—¡Últimos cien metros! ¡Esto es un final de película! ¡Y Hades va al frente con Akemi Midoriya pisándole los talones!!
Hades jadeaba. Sus piernas ardían como si corriera sobre carbones. Su respiración era un espasmo, un eco de lo que alguna vez fue su fuerza. Su brazo, se encontraba dormido por el uso del guantelete. Y la herida en su tobillo, ardiendo por la fricción del cabello.
Aún así, no se detenía.
Akemi estaba detrás. Todoroki, había retomado la carrera junto a Bakugo, quíen rugía con cada salto.
Present Mic casi se atraganta:
—¡Veinte metros! ¡Hades empieza a perder el ritmo, Akemi está por tomar la delantera! ¡Todoroki y Katsuki están cerrando la brecha!
Hades alzó la mirada. El sol lo cegó. La línea estaba ahí. A solo diez metros.
Akemi apareció a su lado. Su rostro sudado, los ojos brillando con luz verde.
Y le sonrió con sorna.
—Disfruta tus diez millones de puntos, Hades-chan.
Él parpadeó. Atónito.
Ella desaceleró. Como si el mundo le hubiese dado una pausa.
Bakugo rugió un insulto. Todoroki frunció el ceño.
Los cuatro estaban cerca, uno detrás de otro por simples milímetros, sus respiraciones erráticas ahogaron cualquier palabra, cuando Present Mic gritó con la fuerza de un trueno:
—¡Ganador del primer evento del festival deportivo de la U.A.! —hizo una pausa, mirando la repetición a cámara lenta, antes de continuar—. ¡Haaades!
El estadio se partió en un rugido ensordecedor.
Cámaras estallaron en flashes. Los comentaristas gritaban. Las pantallas mostraban su rostro, cubierto de tierra, con los labios curvados en una mueca entre sonrisa y sufrimiento.
Había ganado.
Pero en ese momento... más que un héroe, Hades no era más que un producto.
Una figura moldeada a fuego, dolor y espectáculo. Y el show apenas había comenzado.
CONTINUARÁ.
