Cherreads

Chapter 37 - Capitulo 36

[Eiren]

Han pasado dos meses desde que dejé atrás el pueblo. Dos meses en los que cada amanecer y cada noche me recordaban la soledad que elegí, y la responsabilidad que pesa sobre mis hombros. El mundo allá afuera no espera, y yo tampoco.

El aire estaba frío, más cortante que el invierno en mi hogar adoptivo, pero algo dentro de mí ya no sentía el frío como antes. Era extraño: podía sentirlo, claro, pero como si fuera otra capa de distancia entre mí y el dolor. Hoy, ese frío fue el escenario perfecto para lo que debía hacer.

Las bestias que merodeaban el bosque no me dieron tregua. Mi cuerpo se movió por instinto: nodos mágicos, canalizando mi mana, concentrando cada hilo de energía que fluía dentro de mí. Un hechizo de hielo tan potente que las varias bestias que se abalanzaron sobre mí no tuvieron oportunidad. Sus gritos se extinguieron en la fría bruma, y su carne se tornó escarcha antes de que siquiera pudieran rozarme.

Respiré hondo, sintiendo la fuerza vibrar en mis venas. Cada batalla no solo me daba supervivencia, sino también recompensas que podrían financiar mi viaje y ayudarme a llegar al este, al encuentro del conde Vion… y a Keny. No podía permitir que la diferencia de mi aspecto se convirtiera en un obstáculo. No después de todo lo que había pasado.

Una nueva horda apareció, moviéndose entre los árboles, astuta y hambrienta. Creé mis dagas de hielo, afiladas y brillando con un azul pálido, y las lancé con precisión mortal. Cada una se clavó en su objetivo, cortando carne y magia con la misma efectividad. Mi corazón latía rápido, adrenalina y mana fluyendo en sincronía. Sin perder tiempo, me lancé hacia ellos, esquivando garras y colmillos mientras mi hielo los atrapaba, se expandía, los inmovilizaba… y terminaba su amenaza.

Mientras caminaba entre la escarcha y los cuerpos congelados, no pude evitar mirar mi reflejo en un charco que se había formado por el deshielo de mis propios hechizos. Mi rostro ya no era el de antes. La herramienta mágica que había alterado mi aspecto había desaparecido de mi vida, su influencia desvanecida, y el sello que bloqueaba mi magia… también.

Ahora mi cabello negro brillaba con mechones plateados, mis ojos habían recuperado un azul suave, casi etéreo, y mi piel mostraba su tono natural. Era yo, pero al mismo tiempo no lo era. Me pregunté si Keny me reconocería así. Si alguien más lo haría. La idea me provocó un escalofrío que no era de frío.

Aún quedaba un largo camino. El este me esperaba. El conde Vion, la academia, la promesa de descubrir mi poder, y… tal vez respuestas que había estado buscando durante años. Respuestas sobre quién era, quién me esperaba y quién había quedado atrás, en todos los sentidos.

Pero por ahora, solo quedaba seguir avanzando. Cada paso sobre la nieve me recordaba que la distancia entre mi pasado y mi futuro no se cerraría sola.

**

Respiré hondo después de la última embestida. Las bestias ya no se moverían; sus cuerpos yacían esparcidos entre la nieve y el barro, un testamento silencioso de la fuerza que había canalizado. Mis manos, aún temblando ligeramente por el esfuerzo, comenzaron a concentrar de nuevo el frío residual en el aire. No había invierno que me ayudara hoy; el sol débil ya había comenzado a calentar el bosque, eliminando cualquier ventaja ambiental que pudiera usar en estas peleas.

Suspiré. No podía cambiar eso, así que recurrí a lo que tenía: mi hielo. Con un gesto cuidadoso, levité cada cadáver, congelándolos en bloques sólidos y haciéndolos deslizarse sobre el suelo como si fueran simples piezas de ajedrez. Mis dagas y el hilo de mana que aún vibraba en mis venas me permitían manipularlos con precisión, colocándolos suavemente en la carreta que me esperaba al borde del claro.

—Vamos, que esto no se hará solo —murmuré, mientras el último bloque caía sobre la madera del vehículo.

El viaje hasta la ciudad sería largo, pero necesitaba reclamar la recompensa que me esperaba en el gremio. El oro siempre era útil, pero más aún lo era la reputación que construía cada misión completada. Cada bestia eliminada, cada hechizo ejecutado correctamente, reforzaba que no era el mismo chico que había llegado al pueblo hace meses, ni el que había dejado atrás su pasado en la orden.

Empujé la carreta con esfuerzo, manejando los bloques de hielo con delicadeza para que no se cayeran en el camino irregular. El aire fresco de la mañana me golpeaba el rostro, pero esta vez no sentí frío. Solo concentración y un extraño tipo de calma que acompañaba la sensación de avanzar.

—Espero que el gremio no se queje del retraso —dije para mí mismo, mientras me alejaba del bosque, dejando atrás los árboles que todavía olían a escarcha y muerte.

Mientras empujaba la carreta por el camino polvoriento, mi mente no dejaba de girar en círculos. La Orden. Miller. Aquella traición que aún ardía en mi memoria, aunque fragmentada por los huecos de mi pasado. No había cuarteles fáciles de encontrar; incluso si los buscara, no sería prudente acercarme. Sabía lo que me esperaba si alguien de la Orden me reconociera: una muerte rápida, sin advertencias.

Mi estómago se tensó al pensar en Kyot. Lo último que supe de él, después de separarnos, es que había decidido seguir su propio camino. Ya no pertenecía a la Orden, y aunque confiaba en él, no podía depender de que me guiara hasta algún lugar seguro. Sus planes eran suyos, y probablemente él también se mantenía al margen de todo este caos que Miller había desatado. La traición, la falsedad de Miller… todo eso era un laberinto que yo debía resolver por mí mismo.

Sacudí la cabeza, tratando de centrarme en el camino. No podía quedarme atrapado en pensamientos, no cuando el Este me esperaba. Cuando mi mirada se levantó, los muros de la ciudad se alzaban frente a mí, sólidos y antiguos, y de repente me di cuenta de que había llegado antes de darme cuenta. La distancia recorrida, los minutos que sentí eternos mientras pensaba en todo, habían desaparecido con la rapidez del trayecto.

—Vaya… —susurré, observando la ciudad con sus torres y murallas, un recordatorio de que había un mundo mucho más grande que mis recuerdos fragmentados, mucho más que mi pasado y la Orden.

La carreta rechinó bajo mi impulso mientras me acercaba a una de las puertas principales. A pesar de la seguridad de los muros, no podía quitarme la sensación de estar observando algo que también me observaba a mí.

—Nada cambia si no actúo con cuidado —murmuré para mí mismo, ajustando la capa y mirando cómo los guardias de la puerta intercambiaban miradas antes de permitirme el paso.

El ruido de la ciudad parecía amortiguarse conforme me acercaba al gremio. Las calles estaban llenas de gente, vendedores ambulantes ofreciendo frutas y especias, y algún que otro aventurero cargando bolsas y armas. No me detuve más de lo necesario; la carreta rechinaba bajo el peso de los cadáveres congelados de las bestias.

Finalmente, las grandes puertas del gremio se alzaron frente a mí. Empujé la carreta hacia adentro, esquivando a algunas personas y llamando la atención con el frío que emanaba del hielo. La sala principal estaba llena de movimiento: aventureros registrando tablones de encargos, comerciantes haciendo tratos, y un murmullo constante que llenaba el lugar.

—¡Eh! —llamé mientras me acercaba al mostrador—. Traigo el encargo que tenían pendiente.

Mara, la recepcionista, levantó la vista de sus papeles y me miró con rapidez.

—Perfecto, llévalo al almacén. Ahí revisaremos que todo esté completo. —Señaló hacia una puerta lateral.

—No prometo que estén enteros —respondí encogiéndome de hombros—. Pero todo está aquí.

—Mientras tengan lo que necesitamos, está bien —replicó con una sonrisa ligera, volviendo a sus anotaciones.

Sin esperar más, empujé la carreta hacia la salida del gremio, doblando por la esquina hacia el almacén. Al llegar, noté que la compuerta estaba abierta. Empujé la puerta de madera y escuché pasos acercándose: Mara estaba entrando con un asistente a su lado.

—¡Ah, ahí estás! —dijo Mara al ver la carreta—. Buen trabajo trayéndolos hasta aquí.

—Como dije, no están todos en perfectas condiciones, pero se lograron traer —respondí, empujando la carreta hacia el centro del almacén.

El asistente inspeccionaba los cuerpos congelados, levantando uno de los cadáveres con cuidado.

—Estos son suficientes para el encargo —dijo—. La calidad se mantiene, incluso si algunos sufrieron daños durante el transporte.

—Bien —asintió Mara—. Déjenlos aquí mientras registramos todo. Después podemos pagarte y dar los créditos correspondientes.

—Perfecto —contesté, apartándome para que pudieran empezar la revisión—. Solo quiero asegurarme de que todo se haga rápido, tengo otros asuntos que atender.

—Tranquilo, no te tardaremos mucho —aseguró Mara, mientras su asistente comenzaba a anotar y pesar los cuerpos.

***

Mara y su asistente terminaron de revisar los cadáveres de las bestias. Hicieron algunas anotaciones mientras los colocaban cuidadosamente en las áreas designadas del almacén.

—Todo parece estar en orden —dijo el asistente finalmente—. Peso y cantidad coinciden con lo que pedía el encargo.

—Excelente —asintió Mara, cruzando los brazos—. Entonces no hay problemas, podemos proceder con el pago.

Me acerqué al mostrador improvisado que habían armado en un lado del almacén, y Mara abrió un pequeño cofre de madera donde guardaban las monedas.

—Has trabajado rápido y sin problemas —dijo mientras contaba—. Como acordamos, esto es por el encargo completo.

Tomé el dinero, asintiendo con un gesto de agradecimiento.

—Gracias. Esto me ayudará a continuar mi viaje.

—Bien merecido —respondió Mara—. Nadie se quejará, y menos después de ver cómo manejaste esas bestias.

—No fue nada —contesté, encogiéndome de hombros—. Solo era parte del trabajo.

El asistente me miró curioso.

—Debes tener buena resistencia para cargar todo esto solo y además enfrentarte a las bestias. No cualquiera podría hacerlo.

—La práctica ayuda —dije con una pequeña sonrisa—. Y uno aprende rápido cuando se arriesga en el camino.

Mara asintió, guardando de nuevo el cofre.

—Bien, ya quedó todo. Te llevas el pago y ellos quedan listos para su procesamiento. Buen trabajo, realmente.

—Gracias, Mara. Gracias a ambos. —Me incliné ligeramente en señal de respeto antes de girar hacia la salida.

Mientras empujaba la carreta hacia la puerta, el aire fresco de la ciudad me recibió. Los sonidos del gremio quedaban atrás, mezclados con el bullicio de la ciudad.

**

Dejé la carreta en el establo de la posada, asegurándome de que todo quedara bien colocado. El caballo que me habían prestado en el pueblo estaba ahí, olfateando el aire mientras masticaba un poco de heno. Me acerqué y le di un poco de comida mientras acariciaba su cabeza.

—Mañana retomaremos el camino —le dije suavemente—. Hoy toca descansar.

El caballo rechinó, agitó la cabeza y movió las orejas, como si entendiera mis palabras. Sonreí, sacudiendo la cabeza.

Me alejé un poco y fui hacia la entrada de la posada. La dueña me recibió con su acostumbrada cordialidad.

—¿Todo bien con tu encargo? —preguntó.

—Sí —respondí—. La carreta está en buen estado, gracias por prestármela.

—De nada —dijo ella—. Ahora ve a darte un baño y después algo de comer.

—Lo haré, gracias. —Subí las escaleras hacia la habitación que había alquilado por unos días.

Una vez dentro, me quité la capa. Aunque no sintiera frío, no podía andar por ahí sin algo que me cubriera; la gente miraría raro a alguien que soporta el invierno sin afectarle. Había aprendido bien esa lección.

Me quité el resto de la ropa y me dirigí al baño. Frente al espejo, observé las pequeñas cicatrices en mi cuerpo, recordatorios de la vida que llevaba en la orden. Ninguna era reciente, ninguna provenía de mis días en el pueblo; todas tenían historia, todas eran pruebas de supervivencia y entrenamiento.

Me giré lentamente y contemplé la cicatriz diagonal en mi torso, un recuerdo claro de un combate que había marcado mi pasado.

Abrí la llave de la regadera y ajusté el agua hasta que salió caliente, dejando que el vapor llenara el baño. Entré y sentí cómo el agua caía sobre mi cuerpo, arrastrando la tensión acumulada y relajando mis músculos. El cansancio del viaje, de las bestias, del entrenamiento, todo parecía disiparse mientras me permitía ese momento de descanso.

***

Después de darme un baño y cambiarme, me senté en el escritorio, tomando papel y pluma. La luz de la lámpara iluminaba apenas la habitación, pero era suficiente para escribir. Había pasado tiempo desde la última vez que me permití comunicarme con mi familia; dos meses exactos desde que partí, y ahora sentía la necesidad de darles noticias, aunque fueran simples líneas sobre mi situación.

Empecé a escribir con cuidado:

"Queridos mamá y papá, Joren, Alenya y Miriel,

Sé que la carta tardará mucho en llegar y lo siento. Decidí no detenerme demasiado; descansaba unas horas y luego seguía mi camino. Muchos caminos tardan días en encontrar un pueblo, y mucho menos que haya un servicio de mensajería. Hace unos días llegué a una ciudad al sureste, y aquí sí hay servicio, por eso les mando la carta ahora, aunque seguramente tardará más en llegar.

En fin, estoy bien. Estoy comiendo, descansando, y conociendo gente nueva cada día. Algunas veces charlo un poco y luego nos separamos; otras veces viajamos juntos en alguna misión. Hablando de misiones, me volví aventurero para sustentar mis gastos y también para ganar algo de "reconocimiento" para cuando llegue a la casa del conde Vion, y que mi historial sea bueno para no tener problemas con el patrocinio que Keny me aseguró.

Espero que todos estén bien. Seguramente mi siguiente carta tardará un tiempo, ya que aún queda camino, y tal vez para cuando llegue la carta ya esté con el conde Vion o en algún otro lugar.

Los quiero mucho, los extraño y cuídense.

Hasta pronto,

Eiren"

Dejé la carta sobre el escritorio; mañana me encargaría de que fuera enviada. Bajé las escaleras con cuidado y llegué al comedor de la posada. La dueña, siempre sonriente, me saludó.

—Ahora sí te veo mejor y hueles mejor —dijo con una sonrisa—. ¿Qué comerás hoy?

—Carne —respondí—. Tengo dinero, así que hoy me daré el gusto.

Ella se rió suavemente.

—Está bien, en un momento te lo traeré.

Se alejó, dejándome solo mientras esperaba. El silencio de la posada se llenó pronto con el sonido de la puerta abriéndose. Varias personas entraron, algunas con el rostro cansado y demacrado, como si el camino los hubiera drenado por completo, otros con expresiones aún más graves. Parecían viajeros o comerciantes que habían tenido un paso difícil.

La dueña apareció detrás de la barra, preguntándoles:

—¿Qué desean hoy?

Uno de ellos respondió:

—Comida, mucha cerveza y varias habitaciones. Pagaremos extra si llegamos a hacer ruido.

La mujer arqueó una ceja y preguntó:

—¿Qué tan mal estuvo su camino para acabar así?

—Bastante —contestó otro—. Los caminos están del asco con la nieve que se derrite. Algunos tramos quedaron bloqueados y hubo ataques de bestias. No perdimos a nadie, pero fueron muchas.

Mientras uno de ellos se daba media vuelta, recargando su espalda en la barra y entrelazando los brazos detrás de su cuello, nuestros ojos se cruzaron. Algo en su rostro me resultaba extrañamente familiar: sus canas, su cuerpo robusto… hasta su mirada.

De repente inclinó la cabeza ligeramente y dijo:

—¿Neyreth?

Mis ojos se abrieron de par en par. La palabra resonó en mi cabeza y, por un instante, todo pareció detenerse.

Los hombres que lo acompañaban lo miraron confundidos:

—¿Cómo que Neyreth? ¿Por qué dice eso?

El hombre señaló hacia mí.

—¡Ahí! —dijo con firmeza.

Los demás voltearon y sus ojos también se abrieron. Una imagen vino a mi mente de repente, nítida y clara, y sentí un calor extraño en el pecho.

—¿Leo? —pregunté con voz entrecortada.

El hombre se levantó de un salto, una mezcla de incredulidad y alegría en su rostro.

—¡Neyreth, verdad! —dijo con voz temblorosa.

Me levanté al instante y corrí hacia él.

—¡Leo! —exclamé mientras mis piernas se movían rápido, y el corazón me latía con fuerza.

—¡Oh, por Dios, niño! —dijo mientras nos abrazábamos—. No puedo creerlo… ¡sigues vivo, mocoso valiente! Han pasado… ¿nueve? No, diez años desde la última vez que te vimos. Dios mío, ¡mírate, qué grande estás!

Los hombres que lo acompañaban se acercaron, mirando con asombro.

—¡Es él! —exclamó uno de ellos—. ¡No puede ser!

—¡Leo, de verdad eres tú! —dije, sosteniéndolo más firme.

—¡Y tú también estás aquí! —replicó él, con una sonrisa y lágrimas asomando en sus ojos—. No puedo creer que estés frente a mí… ¡de verdad sobreviviste a todo lo que pasó!

—Sobreviví gracias a ustedes —respondí, apretando su hombro.

Leo se separó un poco, mirándome a los ojos con incredulidad y alegría mezcladas.

—¡Dios mío, Neyreth! ¡Sigues siendo el niño que todos recordamos! ¡No puedo creer que realmente estés aquí, frente a mí!

La dueña de la posada levantó una ceja, intrigada.

—¿Se conocen, entonces? —preguntó.

Leo asintió con una sonrisa nostálgica.

—Sí… hace casi una década que no nos veíamos.

—¿Puedo saber…? —la dueña dudó, curiosa.

—Sí —respondí—. No es una historia bonita, pero sí… la puedo contar.

Leo y los demás me hicieron señas para que me sentara con ellos.

—Hoy invitamos nosotros—dijo Leo—. Nosotros escuchamos.

—Está bien —acepté, tomando asiento.

Leo inclinó la cabeza hacia mí, con una leve sonrisa.

—¿Cómo has estado todo este tiempo?

—Bien —contesté simple, con un hilo de sonrisa.

Una mujer del grupo, curiosa, preguntó:

—¿Lograste regresar con tu familia?

Mi mirada cayó, bajando un poco la cabeza.

—No pude —dije con sinceridad.

Otro de ellos frunció el ceño:

—¿Qué pasó?

—Es una historia larga —respondí, respirando hondo.

Leo sonrió suavemente y dijo:

—Entonces cuéntanos, Neyreth. Queremos escucharla.

Asentí.

—Está bien —empecé.

La dueña intervino, recordándome:

—Creo que olvidaste contarme cómo se conocieron.

—Cierto —dije, y miré a todos con atención—. Les contaré desde el principio.

—Hace diez años, yo viajaba con mi madre. Una noche, nuestro carruaje fue atacado. Durante el ataque, casi caigo al acantilado, pero mi madre logró sostenerme. Aun así, al final terminé cayendo. Sobreviví gracias a una anciana y su hijo, que me encontraron en la orilla de un río. Me cuidaron durante dos semanas, hasta que las personas que nos atacaron nos alcanzaron de nuevo. Logré defenderme, pero quedé herido. Cuando desperté, me encontré en una carreta.

Leo asintió, reconociendo la historia.

—Ah, ahí es donde nos encontramos contigo por primera vez en medio del bosque —dijo—. Te salvamos y te llevamos a un pueblo.

—Es verdad —confirmé.

Continué:

—Después de separarme de ustedes, una semana después me encontraron de nuevo.

—¿Cómo? —preguntó una mujer del grupo—. Si te habían dado una herramienta mágica que cambió tu aspecto, ¿cómo te encontraron?

—Debido al hechizo de sellado que tenía —dije, levantando un poco la camisa para mostrar la cicatriz—. Me rastrearon con eso y me atacaron. Perdí el caballo que me dieron porque hubo un derrumbe en la montaña. Me atacaron por la espalda, me hicieron una gran herida. Apenas sobreviví. Alguien llegó a rescatarme y me curó. No puedo decir quién fue ni qué hizo exactamente.

—No regresaste con tu familia después de eso —intervino Leo.

—No —dije—. Estaba enojado y decidí vengarme de quienes atacaron a mi madre y a mí esa noche. Me uní a un grupo, no diré nombres por protección, y viví con ellos casi siete u ocho años. Cuando cumplí mi venganza, regresé con mi familia… pero algo sucedió que no me permitió quedarme.

Leo frunció el ceño, interesado.

—¿Qué fue eso?

—No lo sé —respondí con un suspiro—. Años después fui atacado por la misma gente de mi grupo. Me inculparon de algo, me atacaron… logré defenderme, pero quedé muy herido y perdí la memoria. Olvidé todo: mi nombre, que tenía magia, que tenía una familia… incluso a ustedes.

—¿Cómo sobreviviste? —preguntó otro de ellos.

—Un pueblo al suroeste me encontró en un río —dije—. Me rescataron y viví con ellos durante dos años. Hace ocho meses recuperé mi magia cuando una bestia atacó un almacén del pueblo. Ahí también salvé a un chico, y poco a poco recuperé algo de memoria. Hasta hace tres meses recordé parcialmente. Aún no sé mucho, pero ustedes, la anciana y su hijo, forman parte de esos recuerdos.

—Aquel chico que salvé en el almacén es mi hermano adoptivo. Una familia del pueblo me acogió. Ahora tengo padres adoptivos y tres hermanos adoptivos: un chico mayor y dos chicas menores. Y debido a que no recordaba mi nombre, ellos me dieron uno: Eiren.

El grupo me miraba con asombro, algunos con lágrimas contenidas, otros con sonrisas.

—Increíble —dijo Leo, apoyando su mano en mi hombro—. Has pasado por tanto, y aun así sigues aquí, más fuerte que nunca.

—No hubiera sobrevivido sin ustedes —respondí—. Y ahora… sigo adelante, buscando respuestas, mi familia, mi pasado… y todo lo que perdí.

Leo me miró con firmeza.

—Entonces vamos a escucharte siempre que lo necesites, Neyreth… Eiren. No importa cuánto tiempo pase, nosotros nunca te olvidamos.

Todos asintieron, y la posada, que minutos antes había sido solo un lugar para descansar, se llenó de una calidez inesperada: el reencuentro, las historias, y la certeza de que lo perdido podía volver a encontrarse.

Mientras la noche se desarrollaba en la posada, el murmullo de conversaciones y el crepitar del fuego en la chimenea creaban un ambiente cálido que contrastaba con el frío exterior. Me senté frente a Leo y su grupo, compartiendo algo de comida y escuchando sus historias mientras contaban sobre sus viajes recientes. Sin darme cuenta, mis pensamientos comenzaron a divagar.

Recordé lo que Garren me había dicho antes de salir del pueblo: "El mundo es grande, pero los caminos siempre se encuentran." Al principio, había tomado sus palabras como un simple consuelo, algo para aliviar la incertidumbre de mi partida, pero ahora, sentado aquí frente a Leo y su gente, comprendí que eran más que eso.

—Nunca creí que volveríamos a encontrarnos —dije en voz baja, más para mí mismo que para los demás.

Leo sonrió y apoyó una mano sobre la mía, como recordando viejos tiempos.

—El mundo es extraño —dijo—. Te pierde, te hace andar kilómetros y años… pero siempre hay caminos que regresan.

Asentí, con una mezcla de nostalgia y alivio. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que nos vimos, tantas batallas, tantas pérdidas… y aun así, aquí estábamos, frente a frente.

—Es verdad —dije, dejando escapar un suspiro—. Jamás pensé que volvería a verlos. Garren tenía razón.

—Y lo bueno —intervino una mujer del grupo, sonriendo— es que no solo nos encontramos, sino que además podemos compartir lo que hemos vivido desde entonces.

Sonreí, dejando que un peso en mi pecho se alivie un poco. La sensación de soledad que había llevado durante meses parecía disiparse, reemplazada por un calor que no provenía del fuego de la posada, sino de saber que había lugares y personas en el mundo que, aunque perdidos en el tiempo, todavía estaban conectados conmigo.

Mientras la noche avanzaba, compartimos recuerdos, risas, y planes. Los caminos que creí perdidos se habían encontrado nuevamente.

More Chapters